Terminamos nuestras bebidas y nos dirigimos a la estación de servicio donde habíamos dejado el coche aparcado. Los surtidores mugrientos, levantados sobre ruinosos pedestales de cemento, podían haber marcado precios en reales; y no nos habría sorprendido más de lo que nos asombraba la cantidad de socavones que llenaban todo aquel paisaje casi lunar al borde de la carretera. Si en la luna lloviera y hubiera estaciones de servicio, tendrían ese aspecto.

Gasolinera en la Luna. Foto cedida por la NASA.
En menos de dos horas, nos encontrábamos en Bilbao, buscando la sala con la ayuda de un mapa de Google, el iPhone de Gerardo y las indicaciones de la gente a la que preguntábamos, incluido un sudamericano que esperaba el autobús, y al que Gerardo preguntó cómo llegar en coche. El hombre nos dio indicaciones genéricas con las que no podríamos llegar a ningún sitio, pero tampoco perdernos, y le dimos las gracias tras el poco acierto al escogerlo para pedirle ayuda.
Llevábamos más vueltas que el tiovivo alrededor de un centro comercial en torno al que parecía gravitar todo Barakaldo, así que me recosté cansado en el asiento trasero para dar una cabezada. Entonces vi el letrero que indicaba que la sala Rock Star Live estaba ahí mismo.
Dejamos el coche en el parking del centro comercial y fuimos a buscar a Nikola a la puerta de la sala, tras anunciarle que habíamos llegado por fin. Él quería ver el Guggenheim, lo que a mí no me hacía especial ilusión, pero había que ir con la corriente. Y aquella tarde, la corriente se llamaba Nikola.
En el centro comercial había un Burger King, y yo voté por tomarnos un whopper rápido antes de salir disparados al museo. Mientras comíamos a toda prisa nuestras hamburguesas, charlamos brevemente de fútbol (bueno, en estas conversaciones suelo meter poca baza para meter poca pata) y de cómo estaba yendo la gira. Nikola nos contó que los conciertos de Lisboa y Santiago habían sido sold out, y que estaban bastante contentos.
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