El tema del que voy a hablar comienza a ser recurrente entre quienes no nos conformamos solo con escuchar la música, sino que queremos hablar de ella, discutir por ella, levantar los vasos
por ella en los bares y no comprendemos nuestra propia vida sin una banda sonora.
Silvano Clay me hizo llegar un artículo de Diego Manrique que trataba el tema de la falta de éxito comercial del rock hoy día. El pop más comercialote y falto de imaginación o talento domina las listas de ventas. Esto, a lo que los españoles estamos más que acostumbrados, sucede tanto en Gran Bretaña como en EE.UU. Donde se supone que no siempre ha sido así.
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Acabo de regresar de disfrutar de una de esas cenas sanas y sobrias, envueltas en una atmósfera castellana de silencio juicioso en casa de mis padres. En la televisión, dan noticias sesgadas o abierta e impúdicamente falsas. Al parecer, han agredido al director de las noticias de medianoche de Telemadrid. Todos los compañeros de profesión se han solidarizado con él. Porque en la prensa, en lo relativo a la agresión, no hay diferencias.
Un asunto bien distinto es la agresión de la mentira, de la que tanto sabe el agredido. No justifico en absoluto que haya sido pateado por un desconocido. Nunca he deseado darle una paliza, por mucho que disfrazara la mentira de sentida indignación por el difícil estado del mundo. Si al menos hubiera sido un agresor identificado, a cara descubierta e iracundo, estaríamos ante un duelo interesante. Uno de esos episodios de recios antebrazos desnudos, garrotazo y puños, que han hecho tan peligroso el intercambio de opiniones en nuestro país. Imaginemos a un cateto peleándose en la calle con el señorito neocon, y este obligado a usar el jersey que lleva sobre los hombros como si fuera una malla de gladiador, y el agresor un rival en la arena del circo. Eso sí sería noticia.
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