El tema del que voy a hablar comienza a ser recurrente entre quienes no nos conformamos solo con escuchar la música, sino que queremos hablar de ella, discutir por ella, levantar los vasos
por ella en los bares y no comprendemos nuestra propia vida sin una banda sonora.
Silvano Clay me hizo llegar un artículo de Diego Manrique que trataba el tema de la falta de éxito comercial del rock hoy día. El pop más comercialote y falto de imaginación o talento domina las listas de ventas. Esto, a lo que los españoles estamos más que acostumbrados, sucede tanto en Gran Bretaña como en EE.UU. Donde se supone que no siempre ha sido así.
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Cuando llega el momento de hacer estas listas, no suelo complicarme demasiado. Bien porque lo tengo muy claro y sé quién merece estar y quién no; o porque al fin y al cabo no me

El mejor disco del año: Fucked Up - David Comes To Life.
comprometen a nada y a nadie le importa lo que alguien en un blog cualquiera diga, las preparo en media hora. Es el tiempo que me suele llevar mirar atrás, señalar con el dedo y decir: vosotros os venís conmigo.
Este año, sin embargo, me ha costado más decidir a quiénes incluía en la lista de los mejores diez discos del año. Resulta curioso que cada año, y tal vez cada año un poco más, se discuta la irrelevancia o intrascendencia de la música rock o de la música popular en general. Teniendo en cuenta que he tenido que dejar fuera de mi lista discos tan buenos como El Camino, de The Black Keys, The People’s Key de Bright Eyes o Undun de The Roots, creo que ha sido un año magnífico.
Si estos discos se convertirán algún día en clásicos o no, es algo que no me atañe. Ni a mí, ni a ninguno de los que vean esta lista y la critiquen o se sientan identificados con ella.
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Categories: Listas, Música Tags: Cass McCombs, Cave In, Foo Fighters, Fucked Up, Kurt Vile, Nudozurdo, O'Brother, PJ Harvey, REM, Rival Schools
Un día como hoy hace nueve años moría Joe Strummer. Había muerto mientras dormía, a los 50 años de edad, debido a un problema cardiaco congénito no diagnosticado hasta ese
momento.
No es el momento de hablar de su legado. The Clash son una de las bandas de rock más importantes e influyentes de la historia. Y esto no es una cuestión de opiniones.
Después de ver cómo The Clash se iba al traste, en gran parte porque Strummer no era capaz de consentir que Mick Jones llevara al grupo por sendas más experimentales, Strummer se convirtió en una caricatura de sí mismo. Tal vez la patada que le dio en el culo durante un concierto Vince White, uno de los mercenarios con los que quiso reemplazar a Mick Jones, sirvió para remover su conciencia y después de defecar Cut the crap, el último disco de The Clash, Strummer separaba la banda oficial y definitivamente.
Durante esos años grises, en los que tuvo tiempo de vivir en Granada (una vez conocí a un tipo que dijo haber conocido a Strummer en esos días de exilio español) y de acudir regularmente a la Vía Láctea a tomar soles y sombras (cuenta la leyenda), tuvo tiempo de pensar qué había ocurrido, por qué las cosas no habían salido como esperaba.
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Los teloneros de la noche comenzaron a tocar justo en el momento en que entré por la puerta de
la sala Penélope. Echaba una mirada a mi alrededor, aún con un papel anunciando la fiesta posterior al concierto, cuando Kris Ruiz, la fotógrafa casi oficial de este blog, me preguntó: “¿Los mordedores?”. Yo asentí, encogiéndome de hombros. “Sí, The Biters, supongo que sí”, dije. El rock tiene esos caprichos.
The Biters son una banda de Atlanta, EE.UU., cuyo estilo es lo que uno podría esperar de unos Backyard Babies con una inclinación más rockera. Hicieron lo que uno esperaría de una banda de estas características: derrocharon ganas y actitud y unos riffs discipulares más propios de una cover band que de un grupo con futuro.
La versión del I need to know de Tom Petty me pilló desprevenido, pero no dejaba de confirmar la impresión que me había formado de ellos en cuanto habían tocado dos o tres canciones.
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Ayer, leyendo Muro de sonido, uno de los blogs musicales de El País, me encontré con un artículo en el que, a propósito de la lista que cada año publica la BBC con promesas de la música
popular (en el sentido más mainstream de la expresión) Xavi Sancho hablaba de la aparente pérdida de interés en lo actual, en lo moderno.
Es esta una discusión que año tras año pone frente a frente a quienes desprecian la música actual por faltarle algo que sí tenían los clásicos. No deja de resultar curioso que por lo general, quienes discuten sobre este tema, no lo hagan tanto sobre cuáles son esos clásicos y por qué han ganado ese estatus con el tiempo.
La discusión sobre la falta de sustancia de la música, o de autenticidad, o de filo, es ya tan vieja, como viejos son quienes insisten en resucitarla. Y la resurrección de este tema se produce periódicamente, cada vez que una generación de melómanos pierde la curiosidad por lo que se hace en la actualidad y piensa que la culpa no es de que se hayan hecho mayores, sino del mundo de la música por no llamarles la atención.
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Aprovechando que Danko Jones visitan nuestro país, actuando en Barcelona, Madrid y Bilbao los días 14, 15 y 16 de diciembre respectivamente, voy a escribir unas líneas sobre el último ep
del grupo canadiense al que veré en un par de días.
Mouth To Mouth, publicado el pasado mes de noviembre coincidiendo con el inicio de una gira por Europa, contiene cinco temas de las sesiones del último lp del grupo, Below The Belt.
Según información de la web de Danko Jones, de las cinco canciones, solo dos son inéditas y las otras tres ya fueron incluidas en una edición especial con canciones extra de Below The Belt.
En el caso de Rock And Roll Proletariat es evidente por qué no la incluyeron en el disco. Es la peor canción de las cinco, con diferencia, y un ejemplo clarísimo de autoplagio; si se puede hablar de autoplagio en una banda que ha levantado su obra sobre los cimientos plantados por otros.
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Me levanto con la sensación de que algo no encaja: no puedo tener la resaca que tengo solo con lo que bebí la noche anterior. Al contrario de lo que pueda parecer a quien lee esto, no es una
sensación habitual. Tengo la suerte de no sufrir estas resacas congestionadas y somnolientas. Pero a lo mejor eso que dicen casi todas mis amistades es cierto, y nos hacemos mayores.
Cuando he logrado orientarme y encontrar la cocina, hago un vaso de zumo y pongo en la radio el último disco de The Black Keys, El Camino (sic).
El Camino es un disco perfecto en muchos sentidos. Al menos, en todos los que importan. The Black Keys han dejado atrás la predominante rudeza cruda y rock and roll de sus inicios, para incorporar cada vez más elementos de r&b primario, festivo. Y estos añadidos no han hecho sino mejorar sus discos, uno a uno.
No quiero renegar de sus primeros trabajos. Cuando los vi en compañía de mi amigo Javi Zimmermann en la sala Ritmo & Compás en el año 2004, Auerbach y Carney solos en un pequeño escenario ante lo que debían de ser poco más de 30 personas (quizá más, pero no muchas más), pensé que eran lo mejor que había visto en mucho tiempo.
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La voz de Stephen Brodsky, abre el último disco de Cave In lenta, con una sonoridad de ultratumba, repitiendo los apenas cuatro versos
que acompañan el primer tema, que da título al disco. A partir de ese momento, no hay tregua.
Casi sin darme cuenta, 35 minutos después, el disco ha terminado. Miro el reloj. ¿Ya ha terminado?, me pregunto. Miro la lista de canciones: 8 canciones cuya duración no sobrepasa los 3 minutos de media, y una que dura 8 minutos. Sí, en efecto, poco más de media hora.
Lo que se agradece, pues con grupos como Converge a veces no me siento con las fuerzas para escuchar sus discos de un tirón, y necesito descansos. Estos descansos duran en ocasiones días, hasta que recojo las esquirlas de mi espíritu destruido a pedradas por la voz de Jacob Bannon, las uno como puedo y me atrevo a escuchar el resto.
White Silence me recuerda lo que podrían haber sido Icarus Line, de no haber seguido su magistral Penance Soiree con esa mierda que es Black Lives At The Golden Coast. Claro que Cave In no ha sufrido ningún síndrome “quiero follarme tantas chicas como el líder de los Strokes”, síndrome que ha arruinado a tantas bandas y las ha convertido en remedos de los chicos de Casablancas.
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Se acerca el final de este año 2011 y comienzo a hacer un repaso de los mejores discos que he
escuchado este año. Por razones que no vienen al caso, no he escrito nada sobre muchos de ellos. Y he pensado hacer varias breves reseñas de los que más me han gustado.
Comenzaré esta lista de breves reseñas con Metals, el título del último disco de Feist, nombre artístico de la canadiense Leslie Feist. Doce canciones, doce bellos claroscuros en los que la expresividad de las canciones tiene el perfecto acompañamiento de una instrumentación variada, y siempre tan contenida como la voz.
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Para quienes no conozcan a Muy Fellini (no sería raro), son un dúo formado por Juan Maravi y Edu Ugarte. Según la hoja de promoción que he recibido, Maravi había formado parte del grupo
Sök, de cuya existencia no había tenido conocimiento hasta el momento de hacer esta entrevista; y Edu Ugarte procedía de Half Foot Outside, un grupo al que sí conocía y escuché en alguna ocasión, sin llegar a verlos nunca en directo.
Los estilos de los grupos de donde provienen ambos son muy distintos. Sök era un grupo con influencias más rockeras (pensad en una grandilocuente mezcla de Live y A Perfect Circle y os aproximaréis), mientras que Half Foot Outside era un grupo muy próximo a los sonidos del indie y el power pop de EE.UU.
Aprovecho, ahora que he mencionado a Sök, para desaconsejar nombres como ese para una banda. Esos nombres convierten a un grupo en invisible en Internet, el verdadero foro de promoción de toda banda que no cuente con el apoyo de una gran campaña de marketing.
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