El presente incierto del rock (y a quién le importa)
El tema del que voy a hablar comienza a ser recurrente entre quienes no nos conformamos solo con escuchar la música, sino que queremos hablar de ella, discutir por ella, levantar los vasos
por ella en los bares y no comprendemos nuestra propia vida sin una banda sonora.
Silvano Clay me hizo llegar un artículo de Diego Manrique que trataba el tema de la falta de éxito comercial del rock hoy día. El pop más comercialote y falto de imaginación o talento domina las listas de ventas. Esto, a lo que los españoles estamos más que acostumbrados, sucede tanto en Gran Bretaña como en EE.UU. Donde se supone que no siempre ha sido así.
No quiero restarle importancia al hecho de que el rock ya no vende en los sagrados Gran Bretaña y EE.UU. Porque no se me escapa que, de no haber tenido cierto grado de éxito comercial, la mayoría de los grupos que más me marcaron en los 90, jamás habrían llegado a sonar en mi radio, a aparecer en mi televisión, tan lejos de donde aquella música había sido grabada y estrenada.
Dudo mucho que, en una era sin Internet, hubiera conocido a Nirvana cuando Kurt Cobain aún estaba vivo, de no ser porque aparecían constantemente en la MTV y hasta en los malditos 40 principales. Claro que si no hubieran gozado de aquel éxito, tal vez Kurt Cobain no hubiera sentido ninguna curiosidad por saborear el metal del cañón de su escopeta. Pero esa es otra historia.
Jim Chancellor, de Fiction Records, citado en el artículo de Diego Manrique, dice que “cuando se contrata a un nuevo grupo, todos esperan resultados inmediatos. No hay paciencia para las bandas a las que debes amamantar, llevar de un nivel a otro.”
El motivo es la falta de un público y, por lo tanto, del dinero necesario para invertir en esas bandas. El resultado es que hay grupos magníficos que han de quemarse en la carretera para conseguir vivir de lo que hacen.
Supongo que en la separación de Alexisonfire, uno de los grupos que más me han gustado de los últimos 10 años, algo tuvo que ver esta tensión del “adónde vamos, si no nos da ni para vivir”. Recuerdo que en la entrevista que hice a George Pettit cuando actuaron en Madrid, al hablar del incómodo asunto de los patrocinadores dijo, encogiéndose de hombros, que había que pagar las facturas.
¿Pero qué estamos lamentando exactamente? ¿Que las bandas no ganen suficiente dinero con la publicación de sus discos y puedan vivir cómodamente sin quemarse con un centenar de conciertos al año para vivir de su música? ¿Que no pongan mejor música en los bares a los que salimos a tomarnos unas copas? ¿Que no encontremos más rockeros en el trabajo? ¿Que en la tele no pongan más que basura? ¿Que en este país alguien aún defienda que Pereza es rock y no una cursilería comercial de unos tipos cuya única aspiración no es hacer buena música sino ganar dinero?
Una fantasía como Dios manda, que es lo que promete el buen rock. Los Ramones destrozan tu instituto en Rock And Roll High School.
Lo que yo lamento es ir a un club como el Rock and Roll Radio, en la calle Barquillo de Madrid, un templo del rock, y darme cuenta de lo conservador que se ha vuelto el público rockero. No creo que sonara ni una canción que no tuviera al menos diez años y hubiera sido adecuadamente sancionada por las radiofórmulas. No sonó nada raro, ni un grupo que no conociera todo el mundo y fuera cómodo de escuchar.
Esto sí me preocupa. Si el propio público rockero ha dejado de escuchar nueva música, no hay forma de que nuevos grupos vendan y asomen las cabezas en las listas. Las grandes cifras seguirán reservadas para Springsteen, U2, AC DC y los Stones. Porque el público rockero no escucha nada nuevo ni desde luego compra muchos discos.
¿De quién es la culpa? ¿Hay de verdad algo que lamentar?
No quiero extenderme más, así que voy a dejarlo aquí. Es este un tema del que seguiré hablando y sobre el que seguiré sin hacerme entender. La cuestión es que me da igual si los grupos de rock asoman al top ten. Como me da igual si mis amigos ya no escuchan rock o han dejado de tomarse cervezas en el bar conmigo.
A mí no me faltan las cervezas, no me falta con quién tomármelas, no me falta el rock. No me faltan las ganas de comprar discos de buenos grupos ni de ir a conciertos. Y, si me apuran,
prefiero que los grupos no vendan tanto como solían y tengan que salir a ganarse el pan sudando sobre escenarios de todo el mundo.
Me da igual si Lady Gaga vende diez discos o diez millones de copias. Me da igual si algunos idiotas de la prensa la consideran lo mejor desde la tortilla de patata, si es la nueva Madonna o Marilyn Manson vestido de mujer.
Sé que el lunes próximo iré a ver a Mastodon y el viernes a Arctic Monkeys. Y que el futuro más inmediato del rock para mí consiste en mi próxima escucha del último disco de Enter Shikari.

Creo, caballero que urge una pronta respuesta a una pregunta típica de comedia de situación: Define rock. Es un ruego más que un consejo.
Creo, caballero, que urge una pronta respuesta a una pregunta típica de comedia de situación: Define rock. Es un ruego más que un consejo.
Louis Armstrong respondió una vez a alguien que le pidió que definiera qué era el swing diciendo “si tienes que preguntarlo, nunca lo sabrás”.
El rock se puede hacer con muchas o pocas guitarras, puede ser melífluo incluso o muy agresivo. Y pese a todo, hay bastante consenso respecto de lo que es rock y lo que no lo es.
Y The Vaccines no son un grupo de rock. Eso lo saben hasta en mi pueblo. Ahora que no deja de ser curioso que decir un grupo de pop tiene unas connotaciones peyorativas que no tiene lo de grupo de rock. Porque de otro modo no se entiende que alguien se empeñe en llamar rock a un grupo como Vaccines.
Que conste que no son malos por ser pop ni serían buenos de ser rock. Son malos y punto. Qué se le va a hacer.
¿Quieres escuchar buenos grupos de rock británicos? No te pierdas a Blood Red Shoes, Enter Shikari, Band of Skulls, The Subways, Art Brut… Pero ¿The Vaccines? Venga ya…