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El mundo ha perdido ritmo: hoy murió José Saramago

"Hablar es cantar"

Hoy murió José Saramago y aunque este blog no es sobre literatura, sus autores no se apellidan Kavalier y Clay por azar, sino porque los dos somos grandes amantes de la literatura y gran parte de los principios que rigen nuestro gusto musical viene heredados de las letras. Es por eso que la muerte de un maestro, uno muy grande, nos ha conmovido a los dos y cada uno por su lado escribió su particular obituario que publicó en su blog personal.

A modo de homenaje también queremos compartir esos dos posts aquí, para nosotros hoy la música desafinó y las guitarras lloraron, José Saramago había muerto.

“La música y la palabra se parecen porque hablar es hacer música”
José Saramago (1922-2010)

El año de la muerte de José Saramago – Ismael Kavalier

Ha muerto José Saramago. Y como muchos otros, me siento en la necesidad de escribir unas palabras sobre quien ha sido, desde mi lectura de Ensayo sobre la ceguera hace más de diez años, uno de esos escritores que uno no solo lee, sino a los que también escucha cuando hablan.

Descansa, maestro Saramago (1922 – 2010).

Recuerdo mi primera lectura del Ensayo sobre la ceguera. Me lo había prestado mi amigo Román, quizá el mayor admirador que he conocido nunca del escritor portugués o, quizá debería decir más apropiadamente, ibérico. Durante una tranquila tarde de cerveza sobre el césped del campus de la Universidad Autónoma de Madrid, Román me habló de la novela. Contagiado por su entusiasmo, le pedí que me la prestara.

Comencé la lectura tan pronto se me pasaron los efectos de una insolación primaveral y del alcohol ingerido en compañía de mis amigos Román y Rubén. Lo que, probablemente, me llevó un par de días.

La tarde que comencé la lectura, me había despertado el escándalo en las calles de Coslada, donde vivía. Por aquel entonces yo trabajaba de noche, y aunque he cometido muchas locuras e ido a trabajar de empalme, con sueño o directamente borracho como una mona de circo, aguardándome cuatro días seguidos de trabajo nocturno había considerado más razonable llegar descansado a la primera de ellas.

Decisión que no había tomado sin pesar. Eran las fiestas patronales y todo mi barrio era un escándalo de petardos, cohetes y gritos alcohólicos. Podía oír desde mi habitación a mis amigos celebrar que habían terminado los exámenes de junio, o que no les importaban en absoluto. En aquel desgañitarse uno podía encontrar todos los motivos de celebración.

No pudiendo dormir más, opté por comenzar la lectura del Ensayo. Pensé, no conociendo la fuerza de aquella obra que tenía entre manos, que un poco de lectura podría ayudarme a tranquilizarme y dormir un poco hasta la hora de la cena, mi desayuno.

Pero caí atrapado en aquella lectura, y al cabo de la jornada de trabajo, cuando el sol ya asomaba por un desierto Paseo de Recoletos aquella mañana de domingo siguiente, había terminado de leerla.

Fue una lectura torrencial, de esas extrañas y mágicas que recordamos toda la vida, a las que no se puede escapar. Cuando llegué al trabajo, temblaba. Literalmente, me sentía sacudirme y con ganas de llorar. Hasta tal punto me había alterado lo que estaba leyendo, lo que no podía dejar de leer. Lo que no dejaría hasta haber terminado aquella historia desesperada y lúcida al mismo tiempo. ¿Cómo podía nadie escribir aquello, sin haber regresado del mismo infierno?

No es lo que pienso ahora, solo recuerdo lo que pensé entonces, lo que escribí en una hoja que guardé entre las páginas de aquel ejemplar que me había prestado Román.

Desde entonces, el Ensayo sobre la ceguera se convirtió en el libro que regalé sin descanso durante años. Cada cumpleaños, cada visita a un amigo, cada encuentro inesperado con alguien a quien había deseado ver durante tiempo pero de quien había estado separado por las más variadas razones, me llevaba a la librería, donde compraba la edición en bolsillo para regalarla.

Mi novia, y todos los amigos a los que les regalé aquel libro inolvidable, lo leyeron con la misma febril entrega, que luego me confesaban como quien narra una epifanía. Fue un libro que, tendiendo un puente sobre todas las cosas que no habíamos vivido juntos, logró unirnos de algún modo.

Tras el Ensayo sobre la ceguera, leí muchos otros de sus libros. El que más me gustó fue El año de la muerte de Ricardo Reis, una obra maestra misteriosa y oscura, llena de una ironía que me gusta llamar de zaguanes, de la irreverencia del encuentro inesperado y deseado, pero de todos modos despedido con cierta rudeza. Siento ser tan vago, pero es una obra que merece ser leída, y no contada.

Leí muchas obras después, y aunque me sentía algo desencantado con sus últimos trabajos, que me parecían bosquejados pero no rematados, siempre sentí la simpatía de la gratitud. Porque de José Saramago aprendí que es posible crear una historia esencial y verdadera, utilizando lo que todos los demás descartan. Y con esos mismos recursos, lograr decir algo cierto sobre todos nosotros, donde los demás solo consiguen dar las coordenadas de su ombligo.

Larga vida a su obra, ahora que José Saramago comienza su travesía por el desierto de los homenajes post mortem. Que cuando hayamos olvidado que un día vivió, sigamos leyéndolo. Y temblando.

2010 será ya, siempre, el año de la muerte de José Saramago.

Publicado originalmente en Ágora o Nunca.

José Saramago ha muerto – Silvano Clay

José Saramago 1922-2010

Tenía en mente hace tiempo crear un blog perosnal para decir en más de 140 caracteres aquellas cosas que el Twitter no me permitía y que por estilo no cabían en mis otros blogs. Pero son esas ideas que uno va aplazando y hasta que una mañana de viernes simplemente lees algo que te obliga a ponerte a escribir sin más, desde dentro, puesto que hay noticias que hacen que las ideas se te agolpen en la cabeza mientras el espíritu flaquea.

Desgraciadamente he tenido que montar este blog a la carrera puesto que la muerte de Saramago me sorpendió de golpe y me he quedado muy triste y con la necesidad imperiosa de escribir algo, cualquier cosa.

Recuerdo que la primera novela de José Saramago que leí fue el Ensayo sobre la ceguera en el año 96. La leí de una sentada. Aún no le habían dado el premio nobel (aunque en mi cabeza resonaban las proféticas palabras de mi hermano de que algún día se lo darían) y yo todavía no era estudiante de literatura. En todo caso, quedé maravillado al terminar esa novela que no pude parar de leer, son una de esas experiencias que te pasan cada mucho, muchísimo, tiempo en tu vida de lector. La sensación de que estás leyendo una novedad que pasará a la historia, la sensación de que estás leyendo algo grande y único.

Después vendrían más novelas que me seguirían acompañando durante mi vida como literato primero, luego como filólogo y finalmente como editor, y con los años tuve la fortuna de entrar a trabajar en la editorial que publica sus novelas y ver sus libros por las estanterías de todo el edificio. Y no solo eso. Un día coincidí con él en el ascensor. Obviamente, me puse tan nerviso que no tuve los arrestos para decirle nada pero ese día me sentí especial. Había compartido un cubículo con uno heredero Sterne, Tolstoy o Joyce.

A pesar de todo no soy fetichista, en absoluto, no me llaman la atención ni las fotos con escritores ni sus firmas. Simplemente como apasionado incondicional de la literatura reconozco que hay unos pocos, poquísimos, escritores que simplemente están por encima de lo obvio, son los escritores que explican el mundo con tal fuerza que a veces son capaces de cambiarlo.

Hoy José Saramago ha muerto. Yo estoy triste, el mundo es un lugar menos creativo donde vivir.

Publicado originalmente en @gozque.

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  1. Sábado, 19 de junio de 2010 a las 03:47 | #1

    Hay
    Pablo Mora

    In memoriam: José Saramago

    Hay un retrato de agua y de quebranto palabras de entre casa y las de cambio un juntar de palabras escondido una cuerda más tensa y resonante la amenaza de muerte o de esperanza hay sombras y luciérnagas hay vida ese olor de mujer que nos persigue o ese clamor de patria que nos reta o con el alma de la patria en ascuas una vena sangrando de pavor la nocturna memoria sofocada el murmullo del día amanecido la jaula de locura enfurecida hay mentiras de más y compromisos la vida inesperada descubierta la promesa escondida en la semilla aguas blancas secretas reunidas lo amargo de las sombras y las penas

    Hay el grito solar como protesta el infierno el martirio de los hombres un río una promesa el mar dormido un juego de demencia una ventana el íntimo rumor que abre las rosas el camino del perro su pupila señales de estar vivo y en peligro la noche y su recado a la intemperie altos troncos y en lo alto el claro canto la palabra y el llanto y sus hogueras el mar su llamarada sus confines grandes secretos todos escondidos hay un terror de manos en el alba un rechinar de puerta una sospecha un grito que horada como una espada un ojo desorbitado que te espía hay un fragor de fin y de derrumbe un enfermo que rompe una receta hay un niño que llora medio ahogado hay un juramento que nadie acepta una esquina que salta en emboscada un trazo negro un brazo que repele un resto de comida masticada una mujer atada que se acuesta

    Hay flores que navegan en azul hay la antigua memoria de las aguas un árbol que conozco de memoria hay un hombre velando desatado hay una noche insomne rebelada la lumbre del asombro al descubierto el fondo más lejano de los vasos hay un viento que danza hay una calle un cielo hay unos árboles en fila hay una soledad ciertos recuerdos hay una atmósfera de hollín cargada de asombro de pavor de escarapela hay un viento que danza enloquecido hay un reloj de tiempo detenido hay un reloj paralizado ahora una calle un rencor hay alguien solo hay hambre junta en oleada atroz hay hambre antigua nueva y a montones la miseria el luto otra vez el hambre al hombre lo cobija el hambre antigua en el umbral del tiempo se acurruca sólo comemos soledad y pena seguimos con el hambre todavía en el ruedo del hambre y de la guerra se agiganta la sombra de la muerte la lluvia Dios el hombre tienen hambre

    Hay un paso dos muros escondidos hay un batir de remo acompasado el silencio que ahoga y amordaza de pie la cuerda tensa del orgasmo la sombra de la muerte que reúne el peso de la noche y el gemido el reverso del trono el rudimento la promesa dormida en la semilla hay el grito solar como protesta el grito la amenaza el perro malo la pena del silencio el sinsentido hay un terror de manos en el alba el aullido del pan acá en la puerta la pólvora y el pueblo y la palabra hay la esquina del tiempo que resurge el destino del hombre su sollozo hay un pobre que llora en el barranco un niño que entre lluvias llanto apaña hay un dolor de huecos por el aire hay una luna canjeada en muerte —miserable torpeza de la noche— hay divinos almácigos en guardia hay un hombre que lucha con su hambre hay mil pruebas mortales que vencer hay que amar con horror para salvarse ¡Hay hermanos muchísimo qué hacer! (PSA).

    pablumbre@hotmail.com

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