Concierto de Hayseed Dixie en Madrid (I): Los márgenes de la música
«Ha llegado a ser evidente que nada referente al arte es evidente: ni en él mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia.» (Theodor Adorno, Teoría estética).
Cerré las más de 1.200 páginas que componían el grueso volumen de las actas del último congreso sobre la obra de Gottfriend Arnold, celebrado en la Universidad de Basilea, y miré el reloj de pared de la sala de lectura de la Biblioteca Nacional: las siete de la tarde. Aún tenía tiempo antes del concierto de Hayseed Dixie, al que iba a asistir como invitado del programa de antropología social y cultural de la Gloria & Emilio Estefan Foundation.
Había sido una decisión difícil. La mañana que recibí en el correo la carta de la Estefan Foundation, me senté en el rellano de mi portal a leer y releer una y otra vez la misiva. En el hueco de la escalera, oía el rumor vecinal e insolente, el eco de un clon de Isabel Pantoja regañando a su perra entre estrofa y estrofa:
«Tantas cosas, tantas cosas
Me dijiste tantas cosas
Que a tu embrujo me rendí.
Engañosas, engañosas…»
¡Jenny, deja las cortinas!
Todas ellas engañosas
«Pero yo me las creí
Los pulsos tuve paraos…»
¡Como saque la zapatilla!
Conocía bien a la dichosa Jenny, una hembra de bichón frisé de pelo blanco que parecía estar hecha de seda e inquina, capaz de traspasar cualquier prenda con sus dientes de alfiler, y a salvo en la impunidad que le brinda esa cara de niño con síndrome de down reencarnado en perro.
No podía dejar que el ruido de fondo me distrajera del asunto ante el que aquella carta me había puesto. El sobre incluía también un CD. En la carátula, cuatro aldeanos mentalmente fronterizos torcían el gesto en muecas que difícilmente podían ser relacionadas con sentimientos comunes. Me pregunté qué clase de experiencia y falta de juicio podía dar a un individuo aquel aspecto. Hasta que un ladrido de Jenny me recordó lo al borde de la insania que nos movemos en nuestro día a día.
De camino a la madrileña sala Caracol, y con dos horas por delante antes de que comenzara el concierto, recordé cada uno de los sucesos que me habían convencido de la necesidad de mi presencia en aquel evento. La mayoría no tenían ya ningún sentido para mí, y la conclusión era que me convenía quedar bien con los fundadores Gloria y Emilio Estefan. Sabía que la sombra de su influencia era bien alargada, y que su poder era tal que no había nombramiento de cátedra que no contara con su nihil obstat.
Aún estaba fresco en los periódicos el rechazo del matemático ruso Grigori Perelman del premio del Milenio, dotado con un millón de dólares. Su decisión de no aceptarlo se había convertido en una de las noticias más leídas en la Red. Muchos se preguntaban qué clase de vida podía llevar un genio así, huraño y oscuro, capaz de rechazar tal suma. Pero yo sabía de buena tinta que en realidad el rechazo había sido ideado por los Estefan, como parte de una estrategia de marketing ideada para lanzar en los próximos meses al matemático como figura de la canción popular rusa. «En un mes», le había dicho el todopoderoso productor y filántropo cubano al genio ruso, «ganas esa cantidad en royalties si me dejas llevar tu carrera». Perelman aceptó, y esta misma mañana he sabido que había firmado un contrato por tres discos con la filial rusa de Universal BMG. ¿Coincidencia? Los que conocemos a los Estefan, sabemos bien que no existen las casualidades.
Así, que mientras me dirigía a la sala Caracol, me consolaba pensando en las contrapartidas que obtendría por mi asistencia y el posterior informe que habría de enviar a la sede de la Gloria & Emilio Estefan Foundation, en la Universidad de Wichita.
He aquí el informe sobre el concierto celebrado en la sala Caracol de Madrid, la noche del 25 de marzo de 2010.
Hayseed Dixie o los márgenes de la música, por Ismael Kavalier
En el interior de la sala, lo primero que me llamó la atención fue la falta de expectación del público, que se dispersaba distraídamente por todo el recinto, sin apretarse contra el escenario, como yo esperaba que ocurriría. La multitud se mostraba desafecta, desenfadada, despreocupada del hecho de que en la entrada se indicaba que actuaría un grupo invitado pero nadie había salido al escenario a la hora indicada, las 21:00 h.
Paseé distraídamente entre el gentío, tomando nota de lo variopinto de sus atuendos: jóvenes alopécicos y formales, con el cabello arreglado al modo emo, lo que me hizo pensar que Iñaki Anasagasti es el auténtico protoemo; cuarentones de hígado graso y obstrucción arterial, obsesionados por el cuero y la tela vaquera; damas entradas en carnes que obstinadamente llevaban las mismas gafas de su época del instituto, como si pensaran que el tiempo no pasa si uno intenta tener el mismo aspecto que en la foto del primer DNI que se sacaron, hace 20 años; y tipos guapos con mujeres guapas, de la clase que habría esperado encontrar en un concierto de populares bandas como Pignoise o Ricky Martin, ahora que este ha confesado abiertamente su homosexualidad.
La cerveza me pareció de inmediato el brebaje de referencia entre los asistentes. Podía verlos consumir litros y litros mientras esperaban a que comenzara el concierto, lo que hacían con la indiferencia de quien sabe que gana quien aguanta.
Yo continué mi inspección, y vi que en un lateral del recinto había un puesto de venta de productos de mercadotecnia básica, relacionada con el grupo que actuaría esa noche. Discos compactos, camisetas de tallas extra grandes, gorras. Todo a precios muy asequibles, lo que podía ser un dato revelador sobre el poder adquisitivo de la gente que me rodeaba.
Yo tenía la suerte de contar con una beca de la Estefan Foundation; pero me pregunté: ¿habría estado en condiciones de pagarme una camiseta de esas, de no haber sido así? ¿Habría podido consumir las cantidades industriales de cerveza que corrían de la barra al resto del local, como si de cubos para apagar un incendio se tratara? Sentí de pronto la fragilidad de mi privilegio, y una oleada de inusitada solidaridad me embargó. Arrastrado por ella, me acerqué a la barra y pedí una cerveza.
Cuando el camarero me devolvía el cambio, sentí una extraña tensión en el aire a mi alrededor; como si la atmósfera hubiera estado cargada de una sustancia inflamable y una chispa hubiese iniciado su combustión. Seguí con la mirada la dirección de la atención de los asistentes. Sobre el escenario, encontré los mismos rostros del disco que había recibido en el interior del sobre junto con la entrada.
Pronto comprendí, sin embargo, a medida que atacaban una a una las canciones de su repertorio, por qué los Estefan habían insistido en que debía asistir a aquel concierto. Había subestimado el poder de la música que había escuchado una sola vez, la mañana que recibí la carta.
Sobre el escenario, las canciones transfiguraban la sala y la convertían en un granero, en el que la gente bailaba tímidamente al principio y sin asomo de recato al cabo de varias canciones. Lo que estaban haciendo aquellos cuatro tipos, ataviados como si de vulgares rednecks se tratara, podía pasar desapercibido para el resto de los que habían acudido aquella noche. No para mí.
Mi doctorado en teoría musical y filosofía francesa contemporánea me permitía hacer un agujero en el mediodía de sentido de aquel evento, para espiar por él su verdadero significado, pasando bajo las arcadas del absurdo evidente para adentrarme en el sentido oculto.
Aquellos tipos habían elegido instrumentos acústicos para tocar temas clásicos del rock duro. Barley Scotch, el cantante, tocaba la guitarra; Jake Byers, el bajo; Dale Reno, la mandolina y el dobro; y Don Wayne Reno, el banjo. En sus manos, los temas que conocía bien precisamente porque mi tesis doctoral había versado sobre la tangente musical que conecta la Música Mecánica de Gyorgy Ligeti con Whole Lotta Love, de Led Zeppelin, asumía un crisol de sentidos; repeticiones que reverberaban en el espacio de las décadas que unían de pronto, en un continuo de sentido, la noche del 25 de marzo de 2010 con las fiestas en las que Charley Patton actuaba en las plantaciones de algodón de Carolina del Norte, pasando por las mayores obras teóricas de los pensadores y artistas más fértiles de esta vieja aunque nunca acabada Europa.
Escuchando Shook me all night long, de AC DC, tocada con instrumentos acústicos y amplificado el sonido y su teatralidad con el baile garrulo e impúdico de los cuatro músicos, me sentí transportado bajo la sombra de un arce rojo, bajo cuyo abrigo de fronda y grana un joven encuentra el don de la elocuencia hasta entonces desconocida, animado por el recuerdo de una lujuria casi episcopaliana.
Black Dog, de Led Zeppelin, es de pronto un canto rural a la fuerza y la lealtad de los principios que permiten a un hombre levantarse cada mañana a las cuatro de la madrugada, cuando ni al sol le importa lo que haga, para ordeñar las estoicas ubres de una vaca del Mississippi de agria leche y peores derivados.
Ace of Spades y Highway to Hell, pero sobre todo Bohemian Rhapsody, son deconstrucciones de clásicos de la música popular, en el término más completo del término. Cuando en El pozo y la pirámide, Jacques Derrida habla de la pretensión abusiva y la insuficiencia de todos los formalismos asociados a los proyectos de escritura universal, ya indica que la fractura entre aspiración y logro radica en el carácter no fonético del graphos. No hay que olvidar que Derrida formuló esta hipótesis en 1968. Y sin embargo, ya intuyó que era la separación de universalidad y voz lo que condenaba al fracaso la relación entendimiento-exterioridad.
La deconstrucción, no obstante, es una tarea inacabada sin la posterior reconstrucción. Tenía que escuchar temas propios, para evaluar el verdadero nivel de profundidad del sentido de la obra de Hayseed Dixie. I’m keeping your poop fue el tema propio que quizá más me conmovió. El tema trata la separación de la amada, un lugar común de la canción popular sentimental o rockera, dependiendo del sesgo elegido. Sin embargo, por obra y gracia del talento de los cuatro músicos estadounidenses que forman Hayseed Dixie, esta canción se erige como el que quizá sea el único homenaje a la obra del fallecido Piero Manzoni (1933 – 1963).
El artista italiano puso al descubierto la relación mercantil fetichista que mueve el mercado del arte, cuando decidió vender latas de su propia mierda al valor del peso equivalente en oro, según la cotización del día en que se realizara la operación. Hayseed Dixie hacen lo propio, revelando el fetichismo rayano en la coprofagia que es el verdadero pulso del deseo que colma, literario, obsesivo, las profundidades más negruzcas y polvorientas del alma insaciada del amante.
«Guardo tu zurullo en un tarro
Lo contemplo cuando no estás,
Y de vez en cuando abro un poco la tapa
Para olerlo si no te tengo a mi lado».
La imagen es tan turbadora como lúcida revelación del auténtico punctum del amor, ese centro de sentido que permanece en la periferia de lo visible.
Asentí, convencido al fin de que los caminos que marcan los Estefan son insondables y su capacidad de comprensión de las conexiones entre la música popular y el pensamiento postmoderno, mucho mayores de lo que algunos pueden sospechar. Incluso les perdoné haber producido a Jon Sedaca, pues ¿quién soy yo para cuestionar almas e intelectos muy superiores? Leibniz afirmó que este es el mejor de los mundos posibles; y Adorno que la relación del arte con la totalidad y con su propio sentido han dejado de ser evidentes. Tal vez este sea al fin y al cabo el sentido de la música, que el rock ha podido realizar mejor que los disonantes intentos de la música culta: ocultar su sentido y dejar que en su público crezca «salvaje la flor de su cólera» (Thomas Bernhard).
Al término del concierto, me acerqué a hablar con cada uno de los cuatro miembros de Hayseed Dixie. Fue así como supe que Jake Byers se doctoró en Columbia con una tesis sobre la disonancia del ukelele en la música de Schoenberg; que Dale Reno conoció a Barley Scotch siendo ambos alumnos de Arthur Grimaux, y que de su pasión común por la música clásica surgió la idea de adaptar Eine kleine Nachtmusik, de Mozart, para exportarla de las salas de conciertos a los antros rockeros; y que Don Wayne Reno es un apasionado de las historical informed performances y toca un banjo réplica de los primeros que construyeron los peregrinos llegados en el Mayflower. Escuchar su banjo es, pues, como escuchar el sonido de la reacción moral y nostálgica de un pueblo que aún no sabe que ha perdido su identidad.
Tuve la oportunidad de hacerme una foto con los cuatro, tras lo cual me disculpé, pues tenía que levantarme pronto al día siguiente para escribir este informe o bitácora de un viaje personal por el oscuro mundo del sentido del rock.
Así pues, me eché a las mismas calles que había recorrido unas horas antes. Llovía y la noche se tendía sobre las calles de Madrid como si la llovizna fuera el siguiente estado en la saturación de la oscuridad. Como si comprimiendo la tiniebla, esta se precipitara en el fondo de un vaso sucio y gigantesco en el que flotaran seis millones de personas.
Paseaba cabizbajo por la acera, cuando a mis espaldas estalló una algarabía bien distinta de la que había vivido en la sala Caracol. Una tropa de frívolos modernos salía del Teatro Circo Price. Me quedé mirándolos un momento, sintiéndome caminar sobre la cuerda floja que separa la indiferencia de la curiosidad, cuerda que pueden recorrer con paso seguro y ojos cerrados solo quienes han vivido una epifanía. Le pregunté a uno de los jóvenes que salían por la puerta y, tras rascarse la calva bajo la boina y mirar mis ropas de arriba abajo, contestó: «Love of Lesbian». Tuvo que repetírmelo un par de veces, y aun así no lograba entender nada, pues no acertaba a comprender cómo dos sucesos tan opuestos podían haber tenido lugar simultáneamente, en la misma ciudad, y a apenas 300 metros de distancia el uno del otro, sin provocar una paradoja espaciotemporalmusical, capaz de hacer implosionar el asfalto y fundir el alumbrado público.
Fue entonces cuando oí los gritos. A unos cinco metros, un sujeto de casi dos metros cuyo fino y juvenil bigote desmentía la edad que aparentaba con su envergadura y decisión, golpeaba con un banjo a la multitud que abandonaba el Circo Price. Lo hacía siguiendo el impulso del azar y un asco que los abarcaba a todos por igual. Temiendo por mi integridad, corrí por la ronda de Atocha en dirección al paseo del Prado, donde tomé un taxi y me perdí en la noche; las notas de un banjo tocado primero y aplastado contra la cabeza de un moderno después, resonando insistentemente en mi cabeza, aturdida por la verdad única y última del rock and roll.




