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Daiquiri blues (2009) – Quique González

La primera vez que escuché Daiquiri blues, el último disco de Quique González, fue en el trabajo. “¿Qué es eso, Roberto Carlos? ¿Está el gato triste y azul?”, pregunté.

daiquiriA JL, mi compañero de fatigas de lunes a viernes, le gusta escuchar música mientras trabaja. Nuestros gustos tienen un grupo de intersección amplio, pero lo que queda fuera de él es más amplio todavía. De modo que no es extraño que me sienta torturado, sobre todo cuando a JL le da por la nostalgia de los años 80.

Es una nostalgia que, por razones biográficas, no puedo compartir, pues yo viví esa década desde la barrera de mi preadolescencia. Mientras JL se curtía el lomo en conciertos en Rockola, viendo a Antonio Vega en Nacha Pop, luciendo sonrisa de dientes de leche, yo me tenía que contentar con ver Rockopop o Tocata; o con asistir como público a un programa de Jesús Hermida, donde fui testigo del estreno (ahí es ná) de la canción Sabor de amor, de Danza Invisible, que tantas veces he escuchado desde entonces, y que he aprendido a odiar con la dedicación y el esmero de un viejo relojero.

Antes de continuar, quiero dejar constancia de que no estoy libre de pecado, y que yo no ando poniendo la otra mejilla cada vez que a JL le da por ponerme a los Ilegales, o algún oscuro disco de Marshall Crenshaw. Más partidario del ojo por ojo, diente por diente, le correspondo con discos de Converge, Alexisonfire o Bad Religion. Música que él denomina cariñosamente, “de quemar el ministerio”.

La semana que JL puso Daiquiri blues, fue especialmente extravagante, incluso para él. Me deleitó con Vainica doble, y no estoy seguro de no haber oído sonar a Martirio en los altavoces de su ordenador. No pondría la mano en el fuego, pero es que yo pongo la mano en el fuego por pocas causas.

Desconcertado, aturdido por lo que JL pinchaba, la hipótesis de que estuviera escuchando a Roberto Carlos no parecía tan descabellada. Y escuchando «La luna debajo del brazo», le hice la pregunta, que a él debió de parecerle, con razón, una estupidez.

Tuvo que pasar mucho tiempo, y mediar una cena de navidad, para que me decidiera a escuchar de nuevo Daiquiri blues. Cuando lo hice, la situación era bien distinta:

  • Tenía entradas para ver el concierto de Quique González en el Círculo de Arte de Toledo, el 30 de enero de 2010.
  • Estaba de vacaciones, relajado y fumándome un porro en mi habitación de trabajo en casa.
  • La mierda de año que fue 2009 llegaba a su fin.

Ahora que han transcurrido unas tres semanas de atenta escucha, que se han acabado mis vacaciones, que he tirado a la basura el calendario del año pasado, me digo que Daiquiri blues es la razón por la que decidí no decorar mi casa con adornos navideños; por la que mi árbol de navidad de los chinos sigue acumulando polvo en el interior de un armario; por la que tantos amigos a los que iba a ver en mis vacaciones, dejaron de esperar una llamada mía.

Cada vez que me decía: “Es el momento, alegra esta casa, vago de los cojones”. Cada vez que me amenazaba a mí mismo con la visita de los tres espíritus de la navidad, me respondía: “A ver si tienen cojones de aparecer. Les doy una mopa y los pongo a barrer”. Así, que me sentaba y me ponía otra vez Daiquiri blues, sin perder de vista puertas y ventanas, por lo que pudiera pasar.

La primera canción, que da título al álbum, es ya un reconocer y rendirse al hecho de que dos personas pueden compartir la más insomne de las proximidades; y aun así, descubrir que el recuerdo de lo vivido es algo inhabitable.

«Daiquiri blues la noche del sábado,

para mojarte los labios…»

Y sin embargo no es un disco difícil ni dolido, sino el sereno trabajo de alguien que ha aprendido a escribir sobre amores dispares, para crear  con cada uno de ellos un mosaico; que, visto desde la distancia, se acerque a la idea de, tal vez, uno solo: el que quisiéramos crear a partir de cada uno de nuestros fracasos, que son al mismo tiempo los triunfos que nos pasaron desapercibidos y no estábamos listos para aprovechar.

Si, como alguna vez me ha dicho Silvano Clay, el problema de muchos escritores de hoy es la ironía, que los distancia de aquello sobre lo que escriben y convierte cada palabra en farsa, en máscara, Quique González está cerca de los protagonistas de sus canciones. Las decisiones que toman, los errores que cometen, son tan suyos como de quien se sienta a escuchar.

No hay ni sombra de ironía en Daiquiri blues. Ni en «Su día libre», la historia de varias citas con una mujer, que van descendiendo lentamente hacia el fracaso. Ni en «Riesgo y altura», una canción de noche en vela que arranca con un fallido arreglo jazzístico demasiado estereotipado, en el que Quique intenta hacer de crooner. Ni en la fantástica «Nadie podrá con nosotros», nostalgia de una amistad que se quería invencible.

El disco está repleto de canciones fantásticas, a las que es mejor no hacer preguntas, para que ellas vayan contestando por sí solas, con cada escucha. Algunas pueden parecer ejercicios melodramáticos estereotípicos, como «Riesgo y altura» o «Algo me aleja de ti». Pero al cabo de tantas escuchas, llego a la conclusión de que son la gran obra de un espectador que le debe tanto a la música, a la literatura y al cine, como a lo que él mismo ha vivido por su cuenta y riesgo.

Al fin y al cabo, ¿quién no se ha visto en blanco y negro, despidiendo a una mujer en el umbral de un portal en sombras? ¿Quién no ha viajado por la costa hacia la puesta de sol en un viejo cadillac, acompañado de un clon cinematográfico? ¿Quién no ha querido tener a Sam a mano,

Un trago a solas.

Un trago a solas.

para pedirle que tocara una canción, aunque en el fondo quisiéramos que esa canción fuese «Girls, girls, girls», de Motley Crue?

El susurro de la voz de Quique, al comienzo del disco, emula alguna íntima tiniebla que sólo él conoce, y que reconocemos por su semejanza con las nuestras. Cada uno a lo suyo, pero uno de los placeres de la música es esa búsqueda de la camaradería en extraños cantantes, músicos que pueden llegar a resultarnos antipáticos, pero con los que nos hemos tomado tantas copas callados como con nuestros amigos, en la soledad de nuestra casa vacía.

Nunca hemos contado nada a los músicos, y ellos quizá no nos hayan dicho ni una palabra de verdad. Es su oficio mentir, y el nuestro creer lo que nos conviene. La orquesta de «Algo me aleja de ti» nunca tocó Moon River (y si no, que se lo pregunten a Lapido, autor de la canción), y la imagen que nos describe Quique González es tan melodramática como falsa parece.

Da igual: cuando termina la última canción, cada uno elige el silencio, volver al comienzo, o revisitar los temas que más le han gustado del disco. En mi caso, fueron muchas las ocasiones en las que volví a escuchar desde el principio; muchas también las que opté por hacer volver a sonar «Daiquiri blues», «Cuando estés en vena», «Deslumbrado» o «Restos de stock», mis favoritas. Ahora, sin embargo, opto por el silencio.

  1. Gadea
    Miércoles, 20 de enero de 2010 a las 23:45 | #1

    Que gran analisis de daikiri blues y q linda forma me diste de sentirlo esta noche. me ha gustado mucho tu articulo y espero seguir leyendo de ti porque siempre es un placer, ya se por una cancion o por una historia bien contada q alguien te enseñe que vivio. gracias. 1 saludo

  2. Ismael Kavalier
    Lunes, 25 de enero de 2010 a las 09:42 | #2

    Gracias, Gadea, por tu comentario.
    Un saludo, y espero volver a leer algún comentario tuyo en el blog.

  3. Ismael Kavalier
    Lunes, 25 de enero de 2010 a las 19:50 | #3

    Gracias Gadea por tu comentario.
    La verdad es que Daiquiri blues es un disco que llevo semanas escuchando, sin descanso. Una noche decidí sentarme a escribir sobre él. Me alegro de que te gustara el post.

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