Marwan – Sala Galileo Galilei. Madrid, 14 de diciembre de 2009
“Mejor no decir su nombre, quizá esté escuchando”
En la cola para entrar en la sala Galileo Galilei, averigüé a quién estaba a punto de ver actuar: Marwan. Un cantautor de origen palestino, me dijeron. En lugar de echarme las
manos a la cabeza, preferí bromear mientras pagaba la entrada y pensaba en la primera cerveza que me tomaría nada más sentarme a la mesa.
Me sorprendió encontrarme la sala abarrotada un lunes por la noche. Salir los lunes se está convirtiendo en una costumbre, no sé si sana, pero sin duda bien acompañada. “Stormy mondays”, como la hemos bautizado el señor Clay y yo, a los que siguen los “motherfucking tuesdays” de resaca. Me faltaba esta vez mi cómplice habitual en estas salidas, aunque junto a mí se sentaba L, nueva cómplice a la que parece divertirle señalar mi querencia por la crápula.
La actuación de Marwan comenzó con una canción acústica, que tocó en solitario. Una canción de desamor, cómo no, me dije dando un largo trago a mi tercio. Cuando hubo terminado, nos contó que era el fruto de una terapia tras una sequía creativa fruto de cierto pánico escénico. Una canción escrita en una tarde, e interpretada inmediatamente después ante el público, para afrontar el hecho de que se puede hacer una mala canción, y que no pasa nada. No obstante, nos confesó, la había retocado en un par de ocasiones después de aquella primera interpretación.
Aquella confesión, relatada en un tono desenfadado, marcaría el tono del resto del concierto, que continuó con la aparición de una banda que, salvo por un par de canciones, no abandonaría el escenario el resto del concierto. Me sentí aliviado, porque el primer tema me había parecido excesivamente sensiblero y sin mucho ingenio. El sonido de una banda podría servir para mantenerme despierto, si L no era suficiente invitación a mantener los ojos abiertos como platos.
Entre canción y canción, Marwan nos hablaba de su recuerdo de alguna interpretación del tema, de su composición o su juventud anterior a los escenarios, cuando no era más que un pringado con tantas ganas de follar como cualquiera, pero que aún no pasaba de mejor amigo de las chicas de las que se enamoraba.
Entendí, mientras lo escuchaba, por qué podía llenar la sala Galileo un lunes como aquel. No se trata sólo de que sus canciones sean agradables y muy del gusto de cierto público al que le gusta adornar la solapa de su chaqueta con su sensibilidad. Ha aprendido a comunicarse con la gente, y brinda la posibilidad de una confesión doble: la musical y otra, tan compuesta y premeditada como la anterior, pero mucho más divertida y aparentemente espontánea.
Nos habló de sus experiencias con las chicas, de los nervios durante una actuación en TVE, de una foto ante el camerino del Gran Wyoming, de la interpretación de un tango castizo ante un desconcertado público argentino. Nos contó esta y muchas otras historias, con las que amenizaba la noche entre tema y tema. La más divertida fue tal vez la anécdota de un periódico de Alcorcón, que había recomendado a sus lectores el concierto de Marwan como el más interesante de esa semana, en un ranking donde aparecían, si no recuerdo mal, Estopa, Fito y Fitipaldis, Joaquín Sabina y Raphael.
Sin embargo, no quiero dar la impresión de que los monólogos de Marwan son su única

Neus, Marwan e Ismael Kavalier tras el concierto
virtud. Sus canciones son agradables (esto ya lo he dicho), y me gustó su voz profunda y segura, con la que transmitía el placer de quien hace lo que quiere, y que está empeñado en hacerlo sin trampas.
En un momento del concierto, Marwan invitó a subir al escenario a Andrés Suárez, un joven cantautor gallego, que antes de interpretar una canción solo, anunció que actuaría al día siguiente en ese mismo escenario (mientras escribo estas líneas). Me encantó su voz cálida y doliente, y espero que muchos de los que acudieron a ver a Marwan, fueran a verle la noche del martes.
El concierto continuó con Marwan y su banda, entregados a un público que escuchaba con muda atención cada palabra. La cerveza me sabía cada vez mejor, y me sentí contagiado, quizá sin quererlo, por una atmósfera que celebraba, canción tras canción, un carpe diem con mujer de fondo.
“La conocí el próximo verano.
Mejor no decir su nombre,
quizá hoy esté escuchando…”
Y otro largo trago a mi cerveza, en mis labios una amplia sonrisa, que le perdonaba incluso aquellos horribles versos de una canción:
“Mi boca está clavada
en el madero de tu cuello…”
Qué estribillo más poco inspirado. Sin embargo, me recordaban a “El poeta a su amada” (“Amada, en esta noche tú te has crucificado / sobre los dos maderos curvados de mi beso”), de Vallejo, así que me encogí de hombros, di un largo beso a L y pedí otra cerveza. No había pensado estar en ese lugar, esa noche. Pero estaba, y no pude ni quise dejar de rendirme a la música.
Tras el concierto, me acerqué a Marwan y lo felicité por su actuación, tras identificarme como un acompañante; una de esas personas del público que no conocen su música, y que han acudido para acompañar a alguien. En mi caso, a alguien que a su vez acompañaba a alguien. Pero nada de eso tenía importancia.
tu primer pensamiento se lo dedicas a una cerveza, está bastante claro que tengo razón…
Mi primer pensamiento puede ser para una cerveza, pero el segundo es para ti, L. El tercero vuelve a ser para una cerveza. En torno al séptimo u octavo, da un salto cualitativo al whisky.
¿En que puesto del ranking queda Marwan?
Pobrecito…
XXX
Marwan está para lo que está: para servir de banda sonora a polvetes iluminados por la luz de velas compradas en una tienda solidaria.
Interesante sitio web.