El «caso Doherty» o la deriva de la prensa
Acabo de regresar de disfrutar de una de esas cenas sanas y sobrias, envueltas en una atmósfera castellana de silencio juicioso en casa de mis padres. En la televisión, dan noticias sesgadas o abierta e impúdicamente falsas. Al parecer, han agredido al director de las noticias de medianoche de Telemadrid. Todos los compañeros de profesión se han solidarizado con él. Porque en la prensa, en lo relativo a la agresión, no hay diferencias.
Un asunto bien distinto es la agresión de la mentira, de la que tanto sabe el agredido. No justifico en absoluto que haya sido pateado por un desconocido. Nunca he deseado darle una paliza, por mucho que disfrazara la mentira de sentida indignación por el difícil estado del mundo. Si al menos hubiera sido un agresor identificado, a cara descubierta e iracundo, estaríamos ante un duelo interesante. Uno de esos episodios de recios antebrazos desnudos, garrotazo y puños, que han hecho tan peligroso el intercambio de opiniones en nuestro país. Imaginemos a un cateto peleándose en la calle con el señorito neocon, y este obligado a usar el jersey que lleva sobre los hombros como si fuera una malla de gladiador, y el agresor un rival en la arena del circo. Eso sí sería noticia.
Hay días en que no entiendo el rumbo de la prensa, y me compadezco de ella. Sigue dirigida principalmente por quincuagenarios poderosos que aún, merced a una temprana asociación mental forjada en los circos de su infancia, asocian la palabra “red” a la sensación de seguridad. Los abuelos de los Bordini y otras rancias castas de trapecistas, confiaban en ella para salvar sus vidas cuando cometían un error.

Intercambio de opiniones (a garrotazos).
De repente, la red es otra cosa. Es la inseguridad y la amenaza a un modelo de negocio. Es la posibilidad de intercambiar ideas, de comprar sin acudir a la distribución tradicional. Es una fuente de información que desafía a los medios de siempre, que se esfuerzan como pueden por estar al día.
La prensa se ha convertido en esclava del click. Leyendo en una pantalla de ordenador, no tenemos la paciencia para leer el equivalente a una página completa del periódico. Somos perezosos, selectivos y, lo que más detestan los popes de la prensa, libres para elegir.
Antes también elegíamos, qué duda cabe. Pero las opciones eran limitadas. ¿Eras progre o de izquierdas? Tenías un par de periódicos que comprarte, a menos que estuvieras dispuesto a adquirir por el doble de precio algún pasquín comunista en la boca del metro. ¿Eras de derechas, ultraderecha o centrista (nunca he conocido a nadie de centro, pero hay quien dice que son como las meigas, que “haberlos, haylos”)? Pues tenías claro que había un par de periódicos que comprar, y elegías uno u otro dependiendo de tu ira contra los sociatas o los rojos ese día.
Ahora no hace falta ir al kiosco. Encontramos en internet una información no totalmente controlada por grupos de comunicación que se sustentan en la publicidad e, indirectamente, en el servilismo a las empresas anunciantes. ¿Se atrevería El País a publicar una noticia sobre los abusos laborales en El Corte Inglés? No algo anecdótico, sino que profundice en el modelo de explotación, marca registrada. Por supuesto que no. ¿Lo harían El Mundo, La Razón, ABC? La respuesta es obviamente negativa. El lector es más selectivo y, a juzgar por la forma en que la prensa trata las noticias desde hace unos años, más sensiblero y amante del sensacionalismo.
Como si El País o El Mundo se hubieran dado cuenta de que ahora sus contenidos están al alcance de gente que jamás habría comprado uno de sus periódicos en su forma impresa. El interés de los directores de los medios de comunicación ha experimentado un cambio, que quiere ser una forma de adaptarse a los nuevos tiempos. La noticia es visitada o no, dependiendo de lo sensacional del titular.
Así, “Muere una víctima por la cepa mutada del virus H1N1” será más clickeada (perdónenme el burdo neologismo) que si se le diera a la noticia un titular más acorde con lo sucedido, y es que la presencia de la mutación no tuvo relevancia alguna para el triste desenlace.
Claro, dirían PJ (pronunciado “pi yei”) Ramírez o J.L. Cebrián (pronunciado peor aún), entonces nadie se molestaría en leer la noticia. Pero en tal caso, ¿quién es el responsable de que los periódicos “serios” sean ya indiscernibles del News of the World o de La Razón (al que, como es obvio, no incluyo entre la prensa seria).
La noticia que me ha llevado a hacer este comentario no tiene que ver, sin embargo, con la gripe A, ni con la Z, ni con el regreso de Cristiano Ronaldo que tan feliz ha hecho al castizo señorito Valle. La noticia que me ha obligado ha sido la última detención de Pete Doherty.
El antiguo miembro de los grandes Libertines, y líder de la irregular Babyshambles, fue detenido el pasado fin de semana en Berlín. El titular de la noticia de la Agencia EFE, de la que casi todos los diarios se han hecho eco, es el siguiente: “Pete Doherty, detenido en Berlín”. No seré yo quien reproche a Doherty su crapulosa vida. Yo mismo he sido acusado últimamente de llevar una vida inmoral, algo que no logro entender, porque lo inmoral sería encerrarme en casa y dejar hundirse la industria del alcohol y los bares de la noche madrileña. En época de crisis, hay que ayudar arrimando el hombro, aunque sea a la barra para pedir un cubata o al cristal de la cabina del pincha, para pedir una canción.
El titular sensacionalista obliga a leer la noticia, o esa es la intención. Cuando se ha terminado de leerla, uno se da cuenta de lo anecdótico del episodio. Doherty salía de un bar, probablemente ebrio (a ver, que alguien tire la primera piedra…) y rompió accidentalmente el cristal de un coche.
Imagino que en este mundo abrumado por la miseria, la corrupción, la cada vez mayor brecha entre ricos y pobres incluso en nuestro país; y el saqueo a países pobres como Somalia, perpetrado por nuestra industria pesquera, una borrachera de Doherty es noticia.
La transformación de algo que no pasa de lo anecdótico, como puede ser una borrachera, en un suceso que merece conocer un anónimo como yo en Madrid, Lisboa o Villanueva de Alcardete, es algo sospechoso. Doherty es un músico sin ideas, un pobre borracho con un pasado más esplendoroso que su futuro. Un tipo que probablemente busca a la diva Moss en cada extraña que se le acerca, atraída por el glamour, la cocaína y el hedor de los titulares de los que es protagonista.
Una noticia así, y las docenas anteriores que le han dedicado, tan carentes de interés como esta, evidencian la ruindad del periodismo, al tiempo que demuestra una vez más su ignorancia de lo que ocurre en el mundo de la música. Lo importante es la historieta, el rumor, el ligue, la droga y su consiguiente condena pública. ¿Podríamos hablar de un «caso Doherty», como un nuevo caso Dreyfus, mucho más banal y trivial, a la altura de los tiempos que corren?
No importa que haya un grupo genial como los ingleses Dead Kids, que no encuentra quien le publique el que podría ser el mejor disco de rock de los últimos diez años. No importa que el rock siga vivo y desafiando a quienes se esfuerzan por encargar su definitivo epitafio. Nada de eso es noticia, porque los medios oficiales de comunicación creen que somos idiotas y que una borrachera de Doherty en Berlín es un suceso más importante. Tendrían que haberme visto saliendo del Mercurio a mí el sábado. A lo mejor hasta fui yo quien le dio la patada al periodista de Telemadrid, y ni me di cuenta.
Afortunadamente, ya no dependemos de la basura sensacionalista que nos quieren vender El Mundo, La Razón, ABC, Público o el cada vez más devaluado El País. Se han creído aquel arrogante título de “creadores de opinión”, y ahora juegan a ser creadores de mundos. Mundos de cartón piedra, levantados sobre clicks y titulares que, intercalando en el lugar adecuado el nombre de Isabel Pantoja, podrían pertenecer al último número de Pronto o Diez Minutos. Imaginad: “Isabel Pantoja detenida en Berlín, ebria”. ¡Menuda exclusiva!
Ya no dependemos de esta basura sensacionalista, porque ahora tenemos la posibilidad de crear la nuestra propia. Que no digo que sea más objetiva, ni más fiable. Pero al menos no tiene intereses comerciales evidentes. Y cuando hablamos de música, al menos lo hacemos con un profundo respeto.
Un blog podrá escribirlo un gilipollas, pero será un gilipollas que escribe desde la íntima sinceridad de su ordenador; en casa o en el trabajo, si puede hurtarle unos minutos a su jornada laboral.
Si quiero saber algo de música, desde luego no acudiré a la prensa seria, que ha demostrado una y otra vez su falta de interés en ella.
El único consuelo al que puedo aferrarme en esta conclusión es que menos mal que nos queda Diego Manrique.
Qué magistral disección de la prensa, la desgracia es y seguirá siendo que cualquiera que se ponga a escribir o a juntar letras se considera periodista. La tragedia de no exigir Colegio Oficial o al menos credencial de no ser tonto del culo antes de ser considerado periodista…
No creo que un Colegio Oficial solucionara las cosas. Una certificación de dos dedos de frente, tampoco. El problema no es lo idiotas que sean los periodistas (la mayoría lo son, pero no creo que en mayor proporción que entre el gremio de charcuteros), sino sus intereses económicos, que disfrazan de objetividad y rigor.
En lo que respecta a su tratamiento del mundo de la música, creo que lo que subyace es un prejuicio carca según el cual, los fans de la música popular (en cualquiera de sus formas: punk, pop, rock…) somos personas sin educación, que no han aprendido el difícil arte de cogérsela con papel de fumar cuando mean.
Gracias por tu comentario, Iskander.