Antes de cada concierto, me gusta tomar el pulso del grupo que voy a ver. Y la forma de hacerlo es, hoy día, acudir a Internet. Claro que esto no es válido para algunos grupos, sobre todo los más grandes, de los que incluso tiempo después de haber muerto, queda aún la huella en forma de miles de páginas no actualizadas. Páginas de fans que han dejado de interesarse por la banda, que mantienen vivos clubs de fans únicamente para vilipendiar los últimos discos y echar de menos la gloria de los viejos tiempos…
Lo que le ocurre a Millencolin se podría tomar como sintomático de lo que ocurre con todo el rock. Nada hace que sean más representativos que cualquier otra banda que lleve junta más de cinco años. Sencillamente, en ellos leo lo que le viene ocurriendo a un buen número de grupos. Y si he escrito esto es para hablar de Millencolin, no de los putos Pignoise.
Encuentro a quienes agrada la “nueva” dirección de los discos, más rockera. Otros reconocen varios temas de cada uno de sus últimos trabajos como “temazos”, pero ningunean el resto de canciones. Pero esos temas destacados son tan rockeros como los otros, luego la crítica no es que se hayan olvidado del skate punk para dirigirse por derroteros más convencionales, ¿o sí? Cuando acabo de leer las páginas de fans, sus opiniones disfrazadas de críticas de discos en páginas más o menos amateur, lo único claro es que Millencolin no son tan buenos como solían ser… casualmente cuando el que opina era más joven.
Y es que Millencolin han cambiado. Qué duda cabe. No hay más que escuchar el Life on a plate, y compararlo con el Pennybridge, y a este con Kingwood o Machine 15. Lo que quiero decir es que el cambio se ha producido, pero no ha ocurrido de la noche a la mañana. Como uno no crece ni se transforma en un horrible insecto durante la noche. Son cambios graduales que revelan otros, menos evidentes cuando no se sale a tomar algo cada fin de semana con quien compone. Uno asiste al envejecimiento de las rock stars a través de sus canciones.
El cambio puede ser, sin embargo, refrescante. Este proceso no tiene por qué ser necesariamente desalentador, como si a las canas o la calvicie hubiera que sumar la pérdida de nuestros ídolos como una más de las lacras de la edad. Personalmente, me encanta el proceso paralelo y simultáneo de mi crecimiento y el de los músicos que me gustan.
Algunas bandas se desintegran por culpa de drogas, fama, agotamiento creativo o por puro tedio. Lo normal venía siendo esto; y tengo la impresión de que si seguimos reprochando a los músicos de rock que no sean eternamente jóvenes, es porque en nuestra visión de nosotros mismos hay hitos fundamentales en los que no podemos dejar de vernos reflejados. Cuando no nos gusta lo que vemos, culpamos al espejo. Por eso esperamos que las estrellas de rock mueran jóvenes… o desaparezcan para que no evidencien las señales de la edad.
En el fondo hay algo muy razonable en estos reproches. Queremos ponerlos a salvo del escrutinio del tiempo, que sigan siendo iconos. De modo que lo mejor sería que lo dejaran cuando nosotros hemos dejado de ser jóvenes. O que sigan siendo jóvenes para que nosotros, que hemos terminado los estudios y nos hemos casado o vivimos una vida de casados, podamos consolarnos de nuestra falta de valor para hacer lo que luego no toleramos en ellos.
El miércoles 15 de abril de 2009, horas antes del concierto, buscaba algo de información: setlists, opiniones de fans… Llamé a Txomin, para quedar con él en la sala con nombre de orín con gas.
Horas después, esperaba en la calle Princesa con el Chustas, preguntándonos dónde se había metido todo el mundo, y hablando de cosas tan banales como el último concierto de Pignoise. Entonces reconocí, a lo lejos, a algunos compañeros de Txomin en el infierno Siteliano, uno de los muchos que Dante olvidó mencionar en su Divina Comedia, tal vez porque el infierno del aburrimiento y la mediocridad eran demasiado crueles para su imaginación, y ni siquiera Virgilio habría ido a Sitel en busca de Beatriz.
Cuando llegó Txomin, me enteré de que éramos quince personas invitadas por Nikola. Eso más que un guest list, pensé, parecía una lista de bodas. Los vigilantes de seguridad de la sala Orineken nos fueron contando uno por uno, no sin esfuerzo y el recurso de todos sus dedos de la mano, para comprobar que no se colaba ninguno más de los quince de la lista. Cuando pasaba junto al que le habían dejado el marrón de contar (“seguro que es el nuevo”, pensé), vi que nos miraba fijamente, uno a uno, y que sacaba la punta de la lengua, como si de veras aquello le costara un esfuerzo. Me encanta ridiculizar a los imbéciles de los machacas de esa sala, sobre todo porque no podría enfrentarme a ellos en otro contexto; pero me gusta mucho más que aparenten ser tan idiotas como yo los imagino.
Riéndome, entré en la sala y me encontré con que los teloneros, Far from finished, ya habían comenzado su set. No tenía demasiado interés en ellos, de modo que me demoré a gusto por la sala, charlando y elaborando un mapa mental de quién y quién no tenía porros. Cuando por fin encontramos un sitio, pude comprobar que sabían dar un buen concierto. Si tan solo hubiera tenido algo de interés… Pero no lo tenía.
A las diez se apagaron las luces y Millencolin ocuparon el escenario.
22 canciones y una hora y cuarto después, todo había acabado. De Penguins & Polarbears hasta No cigar, Millencolin repasaron su discografía de manera tan selectiva como exhaustiva.
Disfruté especialmente con la canción que abrió el concierto, Penguins & Polarbears, con Twenty-two (una canción de esas que contagian el festivo despiste de los veintipocos años); con Devil me, una de mis canciones favoritas de todo su repertorio y con Brand new game.
Cuando tras el descanso tocaron The ballad y vi la respuesta del público, el alma entregada en cada palabra de una canción que considero un poco ñoña, me di cuenta de lo fantástico que es ver a un grupo en ese contexto: el de una sala llena de su gente, un entusiasmo sin adulterar por el cansancio de los festivales como el Electric Weekend, donde la emoción queda a merced del tiempo, las colas para comer, beber, mear, entrar, salir… Y donde en el público abunda la gente que se ha acercado más por rentabilizar una entrada que porque realmente les guste el grupo que ven.
Algo tuvieron en común, sin embargo, el concierto del Electric Weekend, que vi casi en la misma compañía, y el del 15 de abril: el pésimo sonido.
Cuando el concierto terminó, Vick Idioterne y yo esperamos a Txomin, quien nos avisó de que iba a quedarse en la sala, esperando a que se fuera vaciando para coger unas cosas del puesto de merchandising. Un chaval alto, orondo y con aspecto de magnífica persona (impresión primera que pudimos confirmar más adelante) atendía paciente a los fans que se amontonaban ante el puesto y elegían camisetas, sudaderas, cinturones, refiriéndose a ellos con un nivel de inglés del que se viene a llamar en los más benignos currículos como “medio, hablado y escrito”.
Tras un buen rato (y habrá que conformarse con esa apreciación tan subjetiva, porque no miré el reloj ni una vez), Txomin logró quedarse solo ante el dependiente, y se identificó como amigo de Nikola, lo que, descubrí entonces, equivalía a un permiso para hacer de las suyas.
Txomin me confesó, con algo de mala conciencia, que iba a abusar. Y así lo hizo, como pude comprobar: dos de eso, tres de aquello, dos de esto más, uno de esos… ¿tienes una bolsa?
No puedo acusar como sólo lo hacen los inocentes, pues del expolio saqué una sudadera con capucha. Aquello parecía el desparramo del museo de Bagdad cuando los marines entraron en la ciudad y a alguien se le olvidó cerrar las puertas.
Me puse la sudadera, pues afuera había caído una de esas lluvias inmisericordes y frías que a veces guarrean más que limpian las calles de Madrid. Con esa sudadera puesta, tenía un motivo más para estar agradecido a Nikola, pensé, y le recordé a Txomin que tenía algo que darle. “Hemos quedado atrás, ahora se lo das tú”.
Y allá fuimos, a la parte de atrás de la sala, el lugar donde un día me hice una foto con Greg Dulli que sólo Txomin y yo recordamos, y que se fue al lugar donde se van los besos que no damos, como reza la penosa canción; o las palabras que no le dices a Berta Collado porque estás demasiado fumado. En fin, ese lugar: todo el mundo sabe cuál, pero nadie dónde.
Tras una breve espera bajo una lluvia que comenzaba a arreciar, apareció Nikola, que nos saludó y nos dijo que tenía 40 minutos antes de que saliera el autobús. Esa noche partían hacia Lisboa, donde debían dar un concierto al día siguiente.
Mientras buscábamos un bar en el que meternos, le di el libro que le había comprado: Let Us Now Praise Famous Men, de James Agee, con fotos de Walker Evans. Una de esas joyas de la American Library hechas para durar cien años.
Casi todos los bares habían cerrado ya, de modo que entramos en el Vips de la Plaza de los Cubos. Podría parecer lógico hablar de música con alguien que se dedica a ella. Pero lo cierto es que la conversación giró en torno a asuntos banales como el cine de Almodóvar, que a Nikola le gustaba mucho y por el que ninguno de los presentes manifestó ningún aprecio; o la adaptación cinematográfica de la primera novela de Millenium de Stieg Larsson, de quien se confesó rendido admirador.
Empeñado en hablar de música, saqué el tema, y le pregunté a bocajarro qué escuchaba últimamente. Me contestó que la Creedence. Que se había comprado Willie and the Poor Boys, disco que ni me sonaba, pese a que afirmé que la Creedence eran en mi opinión una de las mejores bandas de rock de todos los tiempos. Y es que, pese a todo lo que me gustan, sólo sé distinguir un par de discos por su nombre: el Cosmo’s factory, el Green River, y quizá alguno más, pero me costaría pensarlo más de diez segundos. Y esos son los segundos precisos para distinguir lo que amas de lo que te gusta.
Le recomendé M. Ward, sin decirle que el siguiente paso en su búsqueda de la felicidad debía pasar por el Hold time. Preferí no ser demasiado categórico tras mi metedura de pata con la Creedence. Nikola no conocía a M. Ward, aunque se reconoció admirador de Ryan Adams, algo que no dejó de sorprenderme. Y cuando le expliqué quién era M. Ward, me dijo que si te pones a escuchar música, es mejor acudir a las fuentes, ¿no? A lo que pensé, si bien me reservé, ¿cuáles son las fuentes? ¿Lo que unos chicos blancos con ganas de aventura hicieron en los 60? ¿O, puestos a buscar las fuentes, nos tendríamos que tragar todas las grabaciones de Charley Patton, Ledbelly, Robert Johnson y demás hambrienta cuadrilla?
La conversación giró después en torno a fútbol, los próximos conciertos que tenían programados y las habilidades sociales de Txomin, quien cuando abandonábamos el lugar amenazó con irse a Bilbao el sábado a verlos de nuevo. De inmediato deseché la idea por falta de pasta y por comodidad. No sé qué pesó en ese momento más, pero el resultado era el mismo: no iría.
Vick Idioterne me llevó a casa, pese a que había bebido algo y me aseguraba que daría positivo en un test de alcoholemia. Lo tranquilicé, le hablé de probabilidades, como si la posibilidad de encontrarnos con un control fuera una cuestión equivalente a arrojar un dado. Yo, que odio los dados y el azar, lo reconforté con palabras tan embusteras que me di miedo. Hablaba mi deseo de llegar a casa cuanto antes. En mi defensa, tengo que aducir que pienso que Vick es un poco llorón, y que cuando dice cuatro, en realidad son dos; y que cuando dice uno, es que nunca hubo nada. Por eso no tomé demasiado en serio cuanto me decía sobre lo que había bebido. ¿Hice bien? Bueno, el caso es que llegué a casa pronto y nunca me llamó para hacerme pagar la multa a medias.
Al día siguiente, me encontraba cenando en casa de mis padres cuando decidí entrar en mi cuenta de Facebook. Un mensaje de Txomin, que se encontraba conectado en ese momento, me preguntó: “¿Te vienes a Bilbao?”. Le contesté que no, que de veras me apetecía pero… Y entonces dijo las palabras mágicas: “Gerardo dice que va”. ¡Maldita sea! ¿Cómo decir que no? Gerardo es una de mis varas de medida del mundo, un punto de referencia para muchas cosas que me gustaría y otras que no me gustaría hacer. Y si él decía que iba a Bilbao, ¿iba a quedarme yo en casa?
Sopesé el plan que Txomin me proponía: saldríamos por la mañana para llegar a Bilbao a la hora de comer, ir al Guggenheim, luego al concierto; y, después, nos volveríamos a casa. Una verdadera paliza, pero la decisión estaba tomada. Había que ir y del tema del dinero ya habría tiempo para preocuparse.
El viernes ultimé los últimos detalles, y di a Gerardo y Txomin la seguridad de que no me rajaría en el último instante como, supe después, había hecho Pablo. Gerardo vendría a recogerme el sábado por la mañana a las 11:30. Después, iríamos a buscar a Txomin para ponernos en marcha.
A la hora acordada, apareció en mi barrio el caballo blanco de Santiago. Solo que no era un caballo, sino un Audi A3; y no era de Santiago, sino de Gerardo. Guardé en el maletero la mochila vacía, salvo por una camiseta, unos calzoncillos y el último número de la revista Claves: siempre llevo algo absurdo en todo viaje, algo que muy probablemente no voy a usar pero cuya inclusión en el equipaje me parece, en el último minuto, más que razonable.
Quince minutos después llegamos a Sanchinarro, y diez minutos después, el señor Vega apareció con su mochila y unos presentes para Nikola y Andreas, el encargado del puesto de merchandising: Ferrero Roché para el primero, turrón para Nikola
Durante el camino, escuchamos el Machine 15 y el último disco de No use for a name. Varias veces. Cuando nos hubimos cansado de escucharlos, tiramos de colección de discos de Gerardo. Lo que no deja nunca de ser un riesgo, dado el patológico eclecticismo del gusto del señor Tagarro. Descartamos los discos marcados con el nombre de Mª José, con cuyo gusto nunca he comulgado, y nos decantamos por un poco de Depeche Mode… Cuando un pájaro levantó el vuelo creyendo que lo que venía por la carretera era el caballo blanco de Santiago. Quizá tarde, o tal vez nunca, se dio cuenta de que aquello no era un caballo, sino un Audi; y que no era Santiago quien llevaba las riendas, sino Gerardo, asumiendo la responsabilidad de la selección natural. Así que pagó el error de cálculo estrellándose contra el parabrisas del coche.
¿Qué es una épica sin muertos?
Alrededor de las 14:30 nos detuvimos a repostar. Salimos de la autovía, y tomamos la vía de servicio hasta una gasolinera junto a la que había uno de esos restaurantes cuya única clientela parecen ser camioneros que han olvidado el hogar y cansados viajeros de autobuses de línea.
Mientras Txomin iba al baño, pedimos dos coca colas y una light. Cuando Txomin regresó, se mostró convencido de haber estado en los aseos del palacio de Vlad el Empalador, lo que Gerardo confirmó minutos después. Le di un trago a mi coca cola y me dirigí a los aseos: no iba yo a ser el único en quedarse sin ver el baño donde caga Drácula.
Pese a que tenía algo de hambre, descarté la idea de pedir algo tras ver unas costillas que parecían del atrezzo de Saw. Me fijé en una bandera del Oporto, y entonces reconocí el acento del camarero que nos había atendido. Pensé en la crueldad de los clichés, en la fama quizá inmerecida de guarros de los portugueses; en los testimonios de mis amigos advirtiéndome contra la comida lusa. Sabía que todo era cruel y probablemente una herencia de quién sabe qué rivalidad histórica. Quizá cuando perdimos el reino de Portugal decidimos tacharlos de guarros y malos cocineros. Pero aquel sábado no tuve especial prisa por superar los estereotipos. Cabía la posibilidad de que aquellas costillas parecieran regurgitadas precisamente porque lo habían sido. Y, después de todo, ¿cuánto quedaba para llegar a Bilbao? ¿Dos horas? ¡Dos horas pasan volando!


