The Trashmen: elixir de la eterna juventud


Surfin’ bird es sin duda una de las canciones más reconocibles y memorables de la historia del rock. Por eso, cuando Silvano Clay me dijo que los Trashmen venían a Madrid, estuvimos de acuerdo en que era una cita ineludible.

The Trashmen. Madrid, 16 de julio. Gruta 77.

The Trashmen. Madrid, 16 de julio. Gruta 77.

Además, tocaban en el Gruta 77, un local minúsculo donde la proximidad a la leyenda estaba más que garantizada.

Tanta era nuestra impaciencia, y tan errada la hora de comienzo del concierto que figuraba en las entradas, donde ponía que comenzaría a las 22:00, que nos plantamos en el Gruta a las 21:30. A esa hora, los Tikinautas, teloneros esa noche, hacían la prueba de sonido y bromeaban con las cuatro personas que a tan temprana hora había en la sala: “Sube el volumen. Que somos del 63. Entonces los únicos monitores que había eran los de campamento”.

Matamos el tiempo como podemos, previendo una larga espera cuando pasan de las diez de la noche y la sala sigue casi completamente vacía. Hay algo que todo el mundo sabe, menos nosotros, pienso. Y hay algo que todo el mundo se perderá, menos yo, cuando veo entrar a Dal Winslow, cantante de los Trashmen, sin que nadie parezca prestarle ninguna atención. Me acerco a él y le pregunto si no le importaría que mi “buddy” me hiciera una foto con él. Encantado, me brinda una amplia sonrisa y me dice que adelante. Me despido de él dándole las gracias, y vuelvo con Raúl Omega y Silvano Clay, que me preguntan: “¿Te das cuenta de que te has hecho una foto con una leyenda?” Sonrío, pero aún no lo sé. Ese conocimiento tendrá que esperar al final del concierto.

A las 23:00, la sala ya presentaba un aforo más digno, lo que para un local tan pequeño como el Gruta no es decir mucho. Calculo que había alrededor de 200 personas al comienzo de la actuación de los Tikinautas, que salieron al escenario de guisa bien distinta a la que les habíamos visto durante la prueba de sonido. En lugar de las camisetas de algodón y los vaqueros, ocuparon el escenario ataviados con trajes plateados de malla, calzoncillo por fuera, gorro y capa. Como sacados de alguna aventura del Doctor Quatermass, nos anunciaron con gélida y profunda voz que venían de Tikilandia para tocar unos temas musicales propicios para el apareamiento.

Los Tikinautas son una banda de surf instrumental cuya principal baza es su sentido del humor. Nos hicieron bailar durante poco más de media hora, y dedicaron alguna de sus canciones a un par de mujeres con nombre de terrícolas; demostrando así que, bajo sus trajes de alienígenas, se ocultaban unos madrileños con novias, amigas y muchos deseos de arrancarse sus horteras trajes para procrear… si los dejan.

Eran las 23:45 aproximadamente cuando los Trashmen salieron al escenario, vestidos como unos abuelos de esas orquestas que se ganan la vida

The Trashmen - Surfin' bird (1964)

The Trashmen – Surfin' bird (1964)

recorriendo pueblos en fiesta, con camisas rojas y pantalones de pinzas en cuyos bolsillos uno se imagina los resultados de una analítica con todo por las nubes. De repente, fui consciente de la edad de aquellas leyendas: sus primeras grabaciones datan de finales de los 50, de modo que estábamos ante uno de los primeros y más importantes grupos de surf rock junto con los Beach Boys, Dick Dale y otros más olvidados como los Astronauts o los Lively Ones.

Sólo había transcurrido poco más de una hora desde que me había fotografiado con Dal Winslow y, viéndolo sobre el escenario de aquella guisa, tan formal y anticuado, parecía haber envejecido 15 años.

Así que, me puse la sonrisa de los domingos, moví los pies para comprobar en qué estado me encontraba cerca de la medianoche de un jueves en Carabanchel y, tras comprobar que todo estaba en su sitio y engrasado, me dispuse a disfrutar de lo que, sin duda, sería un espectáculo breve y, en el mejor de los casos, digno.

Desde el comienzo, los Trashmen se mostraron de un humor inmejorable, con Dal Winslow presentando cada tema con una breve introducción sobre quién lo escribió, qué tal le fue en los charts de su época, en qué disco aparecía; o para recordar a algún amigo como Larry LaPole, que tantas canciones compuso para ellos. Por ejemplo, antes de King of the Surf, de su magnífico Surfin’ bird (1964), nos contó que era la canción favorita de la historia de la música surf de Dick Dale.

Al presentar Comic book collector, Dal Winslow nos habló de la inspiración que siempre obtuvo de sus héroes del cómic. «Nunca dejarán de acompañarme en mi vida». Viniendo de unos tipos que llevan más de 50 años tocando en una banda de rock, y que lograron hacer imaginar  las olas del Pacífico a los chavales de la gélida Minneapolis en los años 60, es una declaración de principios de quienes nunca se han dejado dominar por la realidad.

Cuando tocaban, había que estar muy sordo para dejar que la vista de aquellos carcamales eclipsara el sonido juvenil de un surf divertido, bailable,

Ismael Kavalier con Dal Winslow (cantante, guitarra) y Mark Andreason (batería)

Ismael Kavalier con Dal Winslow (cantante, guitarra) y Robin Reed aka/Trashkid #1 (batería)

que hacía bailar a todo el público de la sala. O al menos, a todos los seres vivos y no gravemente impedidos. Porque siempre hay algún tipo que lo ve todo desde la distancia de su vasto conocimiento musical, que tal vez esté de vuelta, pero que seguro que tampoco bailó en el camino de ida. Pobre gente que lo mira todo con recelo y desde la barrera, en un concierto al que hay que ir para luego contar que se ha estado, desligada de lo carnal y humano de una sala llena de personas sudando y bailando. Pobre gente que sólo asiste para ver la historia, sin ninguna intención de sentirse transportados a un local de fiestas de Los Ángeles de 1963.

Ese fue el principal mérito del concierto de los Trashmen. No sólo tocaron fabulosamente; sino que, contagiándonos de su sentido del humor y del placer que a todas luces estaban extrayendo del público, nos hicieron sentir que aquellos temas de apenas tres minutos de duración, que nos contaban historias sencillas de amores, playas y diversión, eran algo vivo y no meras piezas de arqueología musical.

Cuando llevaban casi una hora y media de concierto, Dal Winslow contó que en un par de días tocarían en Barcelona; y bromeó diciéndonos que, tan pronto acabara el concierto, tendrían que llamar a una ambulancia… A esas alturas, todo el mundo esperaba que tocaran Surfin’ bird en cualquier instante. Alguien en las primeras filas la llegó a pedir, a lo que Dal contestó: “No os preocupéis, enseguida estamos con el papapapameow…”.

Cuando por fin oímos “Everybody’s heard about the bird…”, el local entero se puso a bailar, a saltar, a cantar, en una apoteosis de sinsentido. Nos entregamos sin reservas a la despreocupada tontería de aquella letra que habla de una palabra, una palabra que es pájaro, un pájaro del que todo el mundo ha oído hablar… Un pájaro surfero. ¿Qué más se podía pedir? En ese momento, Bob Dylan habría parecido totalmente anacrónico y fuera de lugar.

Cualquier esfuerzo de sentido habría sido inútil, y con razón. Era el momento álgido de la noche, y la forma de tocar las guitarras y la sorprendente buena forma de la voz de Winslow, sumadas el hecho de que la escuchábamos tras más de hora y media bailando sin parar, ante la banda que creó aquel himno (y me da igual si lo hicieron a partir de dos canciones de los Rivingtons), revelaban el carácter proto de aquella canción. Proto, y renuncio a acompañar el prefijo con nada más, porque en el festivo calor del baile, Surfin’ bird parecía un aparte en el tiempo y en la música.

Empujándonos los unos a los otros, como si tuviéramos delante a los Stooges, nuestro comportamiento contrastaba con el de los Trashmen, que nos miraban con divertida curiosidad desde el escenario, alimentando nuestra locura con el rasgueo histérico de las guitarras y el aporreo delirante de la batería.

Todo terminó tras una hora y tres cuartos de música, baile, coros de otro tiempo y otro lugar, de imaginar las olas del Océano Pacífico desde un local en el corazón de Carabanchel. Cuando salimos a la calle y sentimos el viento que refrescaba la noche, Silvano Clay, Raúl Omega y yo nos sentimos agradecidos. Agradecidos por el inolvidable concierto que acabábamos de presenciar, de unos carcamales legendarios que no tenían más que hacer acto de presencia y tocar una hora escasa concluyendo con Surfin’ bird para cumplir; pero que, en lugar de eso, nos habían hecho disfrutar durante casi dos horas de total entrega.

Comentarios
Una respuesta a “The Trashmen: elixir de la eterna juventud”
  1. Raúl Omega dice:

    Qué gran cronista se pierde (afortunadamente?) el periodismo actual. Me encantan estas crónicas tuyas; me doy cuenta de cosas en las que no había reparado o no había visto claramente, y puedo volver a recordarlo más y mejor.
    Qué pena que eventos tan especiales pasen desapercibidos para la mayoría …o quizá es mejor así y que lo disfruten unos pocos elegidos???
    Efectivamente, da gusto ir a conciertos con gente con criterio, y no con los listillos pasados de vueltas, que sólo ven defectos en todo y en realidad no se empapan de lo que están viendo; eso está bien si eres ingeniero y estás inspeccionando algo, pero no si estás viendo un concierto, por favor.

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