Inicio > Música > La memoria encendida (II): «¿Por dónde empezamos?»

La memoria encendida (II): «¿Por dónde empezamos?»

Miércoles, 8 de julio de 2009 Ismael Kavalier Dejar un comentario Ir a comentarios

“¿Por dónde empezamos entonces?”.

La narración de la adolescencia de aquella desconocida estaba llena de sacrificios cuya única motivación era acercarse a una de las estrellas más michael_jacksonhuidizas de la historia de la música. Comprar un vhs de alguien que se había tropezado con Jacko en Disneyland, y que lo había grabado paseando mientras comía algodón dulce. Los breves minutos de aquella grabación eran el soñado agujero en la pared por el que todo fan espera ver a su ídolo, con la vana esperanza de saber algo más por medio de aquellas fragmentarias visiones.

La fan, que dijo llamarse Patricia, me contó cuántos amigos con los que aún mantenía un contacto frecuente e íntimo había conocido en las largas esperas antes de los conciertos de Michael Jackson; por medio del club de fans, o sencillamente porque compartían un gusto, un fervor, en lo más tierno de la adolescencia, cuando un disco podía salvar las distancias con un desconocido y convertirlo en amigo como por arte de magia.

Me habló de aquellas amistades, de cuántas siguen formando parte de su vida y de cuáles han ido perdiéndose con el paso del tiempo. Pero lo que más me gustó de su historia fue el relato de un viaje a Tenerife para asistir a un concierto del autoproclamado Rey del Pop.

Me pareció claro que si sus padres se opusieron desde el principio a aquel viaje, fue porque no podían entender lo que sentía su hija por aquel fenómeno. No podían comprender que iba más allá de lo musical, y que, como dijeron una vez Jane’s Addiction en la introducción de Ritual de lo habitual, “Nosotros tenemos más influencias con sus hijos que tú tiene… Pero los queremos” (sic). Somos parte de una generación que, en este país, comenzaba a escapar al control de nuestros padres; y a caer bajo el de nuevos ídolos, becerros musicales y dorados, estrellas que nos decían más con sus canciones que toda la catequesis familiar.

duo dinamico guateque

Música para quedarse sordo

Porque… ¿qué tenían nuestros padres? ¿Alguien se imagina a sus padres perdiendo la cabeza por El dúo dinámico, por Raphael, por Massiel o Los Brincos? ¿Verdad que no? Siempre ha habido casos perdidos, pero nadie puede pensar cabalmente que la música que escuchaban nuestros padres, en un país donde se consumía mierda insustancial pero patria, y donde el panorama musical extranjero era casi completamente desconocido, podía llegar al alma de nadie. En este país estaba mal visto tener un alma fuera de la misa de los domingos y de las fiestas de guardar.

Patricia era vista en su casa como una fanatizada adolescente, sometida a la tiranía de sus hormonas y de la influencia televisiva y de las radiofórmulas (¿Había algo peor que escuchar a Joaquín Luqui hablando de Michael Jackson?). Resistiéndose a la voluntad de sus padres, que la prohibieron ir a Tenerife, se puso a trabajar con 16 años para disponer del dinero suficiente para pagarse el viaje; lo que contó en casa, sin secretos, poniéndose de una vez y quizá para siempre más allá del dominio de unos padres que, confiesa Patricia, cree que siempre pensaron de ella que estaba un poco loca.

elvis_sept_1_1957_seattle_fans

En los comienzos de la histeria: fans en un concierto de Elvis (1957)

Quizá sus padres sintieran, al ver en televisión los extravagantes vídeos musicales de Michael Jackson, algo parecido a lo que experimentaron los padres de los jóvenes de una América que, en los años 50, veían nacer el rock and roll. Se mezclaban el miedo, el desconcierto, y el completo desconocimiento de la música; sumados al aturdimiento de ese sueño pequeño, burgués u obrero, qué más da, en el que tienden a pasar el resto de sus vidas las familias.

Patricia viajó, en compañía de otros jackomanos, a Tenerife. En el aeropuerto tinerfeño, esperó durante horas la llegada de Michael Jackson, y logró entregarle una tarjeta que había escrito para él. “Salí en televisión”, me dice, con un entusiasmo y un orgullo que el tiempo no ha podido diluir. Me pregunto cómo será Patricia en su vida privada; y la imagino intensa y vulnerable, como la chica de 16 años para la que no había nada más importante que asistir a aquel concierto; y cuyas razones eran un misterio o motivo de ironías por parte de sus padres y algunos amigos.

“Me fui acercando a la salida, y cuando apareció, me acerqué y le di la tarjeta”.

“¿La cogió?”, le pregunto. “¿Él? ¿Michael Jackson?”, insisto. Y no puedo dejar de hacerlo, porque sé que las estrellas de la talla de Jacko viajan rodeados de nutridas cortes de moscones profesionales, escoltas, periodistas, empleados de agencias de management, nutricionistas, cocineros, masajistas… Y que, en esa nube de asistentes, es fácil perder conciencia de los límites de la megaestrella, cuya voluntad se cumple por medio de las manos de decenas de extraños, y pensar que lo que cogió un guardaespaldas, lo cogió el propio ídolo.

Así que necesitaba que me aclarara si la tarjeta la había tomado el propio Jacko o un guardaespaldas; si algún intermediario la había tomado con la promesa de entregársela a Michael después…

“La cogió él”, aclaró Patricia, que por más que yo insistiera para determinar si decía la verdad, respondía que sí, que había tenido la suerte de darle la tarjeta al mismísimo Michael Jackson; y, lo mejor de todo, que había pruebas de ello, pues había salido en televisión.

La jovencísima Patricia logró estar cara a cara con un Michael Jackson que le dio las gracias, ocultándose la cara e inclinando la cabeza. Un instante después, recibió un fuerte empujón de un guardaespaldas, que la arrojó contra una farola, con la que se golpeó en la espalda. “Estuve hecha polvo unos meses por el golpe”.

No me interesa tanto saber cómo vivió la decadencia de su ídolo, sino el hecho de que la vi llorar la pérdida de alguien que formaba parte de su vida de un modo tan personal y real como si de un amigo se tratara. Todos los recuerdos de los conciertos, los discos que escuchaba y cuyas letras analizaba hasta esa extenuación en la que comienza a aflorar otro sentido, el único que importa; los novios en los que pensó escuchando alguna de sus insoportables baladas…

Obligada a revivir todas esas memorias, Patricia se sentía desconsolada por el descubrimiento de un punto de no retorno en su vida. Hasta ahora había vivido, sin conciencia del peso de las experiencias que me había contado; y tropezar aquella mañana con uno de los límites de su recuerdo, la hacía volver la vista, una y otra vez.

Patricia no podía abarcar con la mirada todo cuanto había vivido. Así la dejé: abrumada por esa línea temporal que se va dilatando y deformando hasta convertirse en un zig zag de dolor y recuerdo.

  1. Patricia
    Miércoles, 8 de julio de 2009 a las 01:37 | #1

    Live to tell, live to remember…..thank you for giving me happiness!

  2. Alberto Vicente
    Miércoles, 8 de julio de 2009 a las 04:18 | #2

    Estimado amigo Kavalier, sabrá usted que ayer, mientras pasaba el cd de Dangerous al ipod aparecieron dos entradas de ese mítico concierto en Tenerife que guardaba como oro en polvo y que mi memoria había olvidado completamente. Yo no estuve en el concierto pero si lo hizo mi hermana. Yo me conformé con guardar las entradas y pensar que, seguramente, yo hubiera disfrutado mucho más que ella…

  3. Ismael Kavalier
    Miércoles, 8 de julio de 2009 a las 05:06 | #3

    Me deja usted de piedra, señor Vicente. Espero haber despertado en usted cierta nostalgia con estos posts.

  4. Miércoles, 8 de julio de 2009 a las 07:48 | #4

    Gracias por este post, la memoria de Patricia es en parte la memoria de muchos de nosotros !!!

  1. Sin trackbacks aún.