Una generación sin nostalgia: Los vivos y los muertos, de Edmundo Paz Soldán.
Los vivos y los muertos. Edmundo Paz Soldán. Alfaguara, 2009.
Minuto 1: «La luz del semáforo está en rojo».
Para hablar de la última novela de Edmundo Paz Soldán, Los vivos y los muertos, tengo que recurrir al tiempo. Tengo que ir marcando los hitos de esta reseña a medida que voy avanzando página a página, testigo a salvo de la tragedia de los gemelos Tim y Jem, de Hannah y Yandira, y sobre todo de Amanda. Porque la tragedia sólo lo es para quienes sobreviven.
Paz Soldán utiliza como punto de partida las muertes de unos jóvenes en una pequeña población de los Estados Unidos. La premisa, un hecho real que el autor conoció por medio de un dossier periodístico, abre una brecha en la apacible vida de una población en la que todo el mundo cree conocer a todo el mundo. Como demuestra cada uno de los capítulos de esta novela, centrado en torno a un personaje de esta obra coral, intrigante y trágica, esa percepción dista mucho de ser real.
Ha llegado otro invierno a Madison. Lo sabemos por Tim, que nos lo dice mientras, distraído, toma la última decisión de su vida:
Minuto 10: «Rojo. Ahora es más peligroso frenar que continuar la marcha…».
Paz Soldán nos presenta Madison como una población arquetípica y pequeña donde todo el mundo cree conocer a sus vecinos, y cifra en ese conocimiento su sensación de seguridad.
Minuto 70: Jem, hermano gemelo de Tim, tiene que enfrentarse al hecho irreversible de su muerte. Ha desaparecido la imagen especular que representaba Tim para él. No es tan fácil saber qué significa la muerte, y cada una de las historias de esta novela parece girar en torno a encuentros con la muerte.
Lo verdaderamente interesante de la novela es que desde el principio queda claro que se ha renunciado a la moraleja. Los encuentros de los que podríamos extraer lecciones, son siempre profundamente triviales, como lo es la juventud para quien ha dejado de serlo. Pero Paz Soldán no ironiza con estos adolescentes que van convirtiendo Madison en un gran cementerio; en una losa bajo la cual enterrar a toda una generación sin nostalgia, una generación que, cuando todo haya acabado, sólo querrá olvidar.
No puedo dejar de leer. Era inevitable llegar a la oficina, por mucho que me demorase en el camino del metro al trabajo. Subo por las escaleras, deteniéndome en cada rellano, aprovechando para leer unas páginas más.
Minuto 75: «Fútbol, gimnasio, porros, videojuegos, sexo, Amanda, Tim y diccionarios: mi vida en ocho lecciones» (Jem).
Subo a entregar unas pruebas a Realización, y meto el libro entre el montón de unidades que he de subir corregidas. Me he distraído un poco, pero espero que los correctores hagan su trabajo. Yo me siento en las escaleras y leo quizá diez páginas más.
Minuto 90: «Amanda quiere decirme algo pero no se anima a hacerlo».
Cuando la novela llega a Webb, siento miedo. Por el modo en que mira a Hannah, la desquiciada forma en que distorsiona su belleza y hace que la vecindad se convierta en algo amenazante. Su mujer se esfuerza por ignorar el hecho de que vive con un monstruo; ni siquiera Junior, el mayor de sus dos hijos, ignora del todo que hay algo que marcha muy mal.
Por eso, cuando Hannah y Yandira desaparecen, tiemblo con las sospechas desviadas de la señora Webb. Al otro lado de la calle vive un chico que se encuentra bajo arresto domiciliario.
Minuto 210: «A mí siempre me ha dado un poco de miedo. No quiero insinuar nada…».
Pero hasta de los sueños más profundos se despierta: «Ahora era yo la que me había quedado sin coartadas».
Minuto 230: «El cielo opresivo de Madison sólo es perfecto para los funerales amargos en cementerios con lápidas semienterradas en la nieve» (Amanda).
Daniel, el periodista que se mudó de una gran ciudad para vivir en el pequeño pueblo de Madison, es el modo en que vemos cómo es la vida de los adultos. Su propia vida es más misteriosa para sí mismo que los trágicos sucesos que ha de cubrir como reportero. Por razones desconocidas, su novia lo ha abandonado. Ignora desde cuándo se venía fraguando ese abandono. Porque Los vivos y los muertos es una novela de efectos con causas desconocidas, atroces o insignificantes. Como la propia voluntad de todos los habitantes de Madison que vamos conociendo a lo largo de esta magnífica novela.
Cuando llego a casa, me quedan aún 70 páginas que leer. Abro la puerta de casa, dejo todo en el suelo y me siento a terminarla. Gran parte de la culpa de que no pueda abandonar su lectura se debe a la forma directa en que Paz Soldán nos adentra en la inercia adolescente, en la que se hace mucho más de lo que parece sin que medie decisión o voluntad. Se hace lo que se tiene que hacer, y el margen que queda se cubre con música (hasta el último aliento de la agonía de Hannah, en que el terror recuerda una canción de Ryan Adams), diversión; compañías que sólo sirven para llenar el tiempo lejos de la mirada de los adultos.
La de Amanda, Tim, Jem, Hannah, Yandira y otros, es una generación que no está preparada para una tragedia de las dimensiones de la que le ha tocado vivir. Nadie puede prepararse para la pérdida: como Tim, no somos verdaderamente conscientes de la irreversibilidad de la misma. Pero consideramos normal, o al menos soportable, que la nostalgia que nos queda de la juventud contenga algún hito trágico. Cuando son tantos como los que hacen del invierno una lápida sobre Madison, la nostalgia es reemplazada por el deseo de olvidar. Para siempre.
He perdido la noción del tiempo. Terminé la novela hace un buen rato, y me he dedicado a releer algunos capítulos.
Página 204: «Amanda, Amandita, tienes diecisiete años y lo único que quieres es salir con vida de Madison».
Que increible!!! estoy totalmente de acuerdo!!! un aplauso al escritor que con una mente tan lucida, nos logra relatar hechos reales, y como bien mencionas….la tragedia es para los que sobreviven…. muy buena novela!!! Te felicito a ti por promeverlo con tu relato.
Roxana
Buf!; hace siglos que no siento al terminar un libro lo que cuentas de este.
Lo pondré en la cola de los cientos de libros que me gustaría leer…
Mi reverencia por descubrirme tan gran escritor. El libro es una maravilla y un ejercicio de narración de tal calado que te hace maldecir el talento mediocre que nos ha tocado a los demás.
Después he leído dos libros más de este hombre, La materia del deseo y Palacio Quemado, los dos de Alfaguara y no llegan a un nivel estelar, pero dejan ver que el talento existe.
La pena es que tenga que ser coetanea y por tanto competidor del más grande narrador de las letras en castellano: José María Aznar, maestro…