Idioterne: sin novedad en el frente

Concierto de Idioterne y los Dead Kids el 5 de junio
La sala Moby Dick está situada en una zona improbable para el rock and roll. Si a uno lo llevaran secuestrado en el maletero de un coche y lo soltaran en la zona del Bernabéu, sólo el Irish Rover y el Moby Dick servirían para alejar la sospecha de que te encuentras en una zona de copas de Torremolinos o Sitges.
Gerardo y yo llegamos a la sala alrededor de las 21:00, hora de apertura de puertas. Mientras esperábamos a que llegara nuestro amigo Carlos, nos encontramos con los ya habituales de todos los conciertos de Idioterne: antiguos compañeros de trabajo, amigos de la banda y en general media Alameda de Osuna, un barrio de reciente pero gran tradición rockera, a juzgar por la cantidad de buenas bandas que han salido de allí: Alameda do Soulna, Le Punk, Buenas Noches Rose y otras que no cito por pura pereza.
Entramos a una sala aún medio vacía, y entre cuyas paredes reinaba una calma chicha. Vick, Migui y Juan, cantante, bajo y batería de Idioterne respectivamente, deambulaban por la sala ocupados con los preparativos. Aún teníamos unos minutos, así que pedimos algo en la barra. Silvano y yo teníamos grandes esperanzas para la noche, así que comenzamos con unas cervezas. El camarero puso sobre la barra dos odiosas botellas de Heineken. Las rechazamos de inmediato y pedimos una alternativa. “Bud”, nos dijo, mirando al interior de la nevera de donde había sacado aquellos dos truños verdes de agua carbonatada. “Pues tendrá que ser Bud”.
Con las vueltas nos entregó un ticket con el cual, le entendí, podíamos pedir otras dos cervezas gratis después del concierto. Silvano y yo nos miramos. No ignorábamos que, tras el concierto de Social Distortion de la noche anterior y la noche de farra que le había seguido, nuestros oídos no estaban en la mejor forma, de manera que pedimos confirmación. “¿Me has dicho que con esto tenemos otras dos cervezas después del concierto?”. Traté de usar exactamente las mismas palabras, para evitar cualquier ambigüedad, cualquier resquicio de sentido por el que se pudiera colar una negativa posterior. Asintió con la cabeza y yo enarqué sorprendido y agradado las cejas: la noche prometía.
A nuestras espaldas, en el otro extremo de la sala, Idioterne se habían subido al escenario. Vick, Migui y Juan… y un cuarto miembro al que no conocía, que sumaba otra guitarra más al grupo. Me pregunté si notaríamos algún endurecimiento en el sonido de la banda.
Comenzaron con Fuck them all, canción a la que siguió el ya conocido repertorio de una banda a la que, con cada concierto al que voy, me convence menos. Recibí con expectación el anuncio de Vick de que iban a tocar una nueva, olvidando la chorrada de agradecer al público entre canciones en francés “Merci beacoup…”. ¿”Merci…”? Definitivamente, alguien se había vuelto loco aquella noche. La nueva canción me pareció floja, un blando déjà vu de muchas cosas que he escuchado cien veces antes y con más sangre y alma. Me volví a Silvano y le dije: “Me da la impresión de que esta carrera está más acabada que la de la Piquer”.
El concierto de Idioterne me aburrió. Mucho. Si hubo algo que disfruté de principio a fin, fue la energía precisa y animal de Juan a la batería; la forma que tenía de darle forma a cada tema, atizándole a aquel caballo dormido y agotado, al que le costaba mantenerse en pie. En defensa de Idioterne, debo añadir que la gente que me acompañaba no compartía mi impresión. Me pregunté si no sería el hecho de que los había visto ya alrededor de cinco veces, con prácticamente el mismo repertorio, lo que comenzaba a cansarme y nublar mi juicio. Así que me acerqué a Silvano, que los veía por vez primera, y le pedí su opinión. “Muy flojos”, sentenció.
“Tenemos diez minutos más”, dijo Víctor, tras otro absurdo “merci”, anuncio que los amigos que ocupaban la zona más cercana al escenario recibieron con la esperada protesta. Pero a mí se me hicieron bastante más largos de 10 minutos. No llevaba reloj, pero estoy seguro de que transcurrieron por lo menos 15 minutos más antes de que llegara el final.
Creo que Idioterne tienen talento. No me cabe duda. Pero sobre el escenario, parecen cansados de lo que hacen. Si la canción nueva que escuchamos es una muestra de lo que está por venir, no espero nada bueno. El propio Víctor me había comentado en una ocasión que no sabía por dónde tirar. Son tres buenos amigos que han vivido mucho juntos, y que se encuentran en la encrucijada de todos los amantes de la música, a la que le quieren entregar sus vidas, en un país que no ama el rock and roll, que no le reserva una industria, que cierra cada vez más salas y cuya prensa musical se ha volcado con el indie más ñoño y formulaico.
¿Cuál es el sitio de Idioterne? Definitivamente, no Madrid. Tocar entre amigos es tan cómodo como peligroso. La gente agradece siempre lo mismo, movida por la amistad y la familiaridad. Pero los halagos de los amigos no ayudan a mejorar. Hay que darse de hostias con el público desconocido de otras ciudades, trabajar duro y relacionarse mucho y muy bien. Y aun así, no hay garantía de éxito cuando, como Idioterne, se canta en inglés. Este país no quiere escuchar música en inglés. Prefiere “Bulería” a “Fuck them all”, aunque en el fondo digan lo mismo.
Como decía, ningún trabajo por duro que sea es una garantía para un grupo como Idioterne, que consumió su juventud y su mejor momento hace ya tres años. Ojalá este país fuera distinto, y no hubieran tenido que luchar tanto para sacar su primer disco, que corre el riesgo de ser el único. Ojalá hace tres años, con un Víctor menos cansado y más esperanzado, alguien les hubiera producido un disco menos blando que el que sacaron.
Ha llegado el momento de las decisiones para Idioterne. Es un momento por el que han tenido que pasar todos los que han tenido un grupo y la esperanza de lograr ser profesionales, dedicándose a lo que más aman. Hay un momento en el que uno sabe si lo va a lograr o no. Idioterne parecen saberlo ya. Y si lo que nos espera son canciones como la nueva que tocaron, es mejor que tomen la decisión cuanto antes.
Víctor terminó hace apenas un par de semanas el proyecto de fin de carrera. Ahora es ingeniero y, por mucho que le pese, tal vez haya llegado el momento de buscar un trabajo de los que los adultos llaman “serios”; de jornada completa, sabiendo que lo de “completa” significa precisamente eso: no hay mucho tiempo para nada más cuando ha terminado la jornada.
Espero que, sea cual sea la decisión que tomen Idioterne, Víctor recupere la convencida rabia con la que lo conocí en la sala Siroco, un viernes de hace ya cuatro años. Espero que Juan siga tocando su batería con precisión verdadera y profundamente musical y siempre inspirada. Pero sobre todas las cosas, espero algo nuevo de Idioterne. Ya.