Bloomsday
Aunque no se puede esperar mucho de un día que comienza por tener que levantarse de la cama, no es menos cierto que la perspectiva de unas cervezas al final del día alimentaba mi esperanza de sentirme mejor que al abrir los ojos. En cualquier caso me desperté con el convencimiento que debía hacer algo especial para celebrar el Bloomsday (y tener algo importante que contar en el post que debía escribir al otro día) aunque descarté esa idea en el acto por dos motivos: la primera es que celebrar el Bloomsday implica hacer un día de absoluta rutina; y la segunda es que a las 7:30 a.m. dudo mucho que fuera a encontrar una carnicería abierta en Malasaña que me vendieran riñones de cordero (tampoco tenía planeado ningún funeral).
Me dirigí entonces al metro, como hago todos los días, para emprender el camino a la editorial donde trabajo (línea roja hasta Canal y línea naranja hasta Barrio de la Concepción). Durante el trayecto pude avanzar en el libro de turno, otro Caballo de Troya, El niño pez de Lucía Puenzo, una novela sobre la que espero escribir un post en los próximos días, aunque es realmente convencional, para haberla editado Bértolo, y es realmente buena, para estarla leyendo yo.
Superada la cuesta de Torrelaguna llegué a la editorial con nombre de ciudad cántabra para la que presto mis servicios. Ciertamente no es un periódico pero cierto paralelismo, al menos en esto, tiene mi travesía con la emprendida por Leopold Bloom, pues una editorial es la hermana mayor de un periódico. Intenté pasar la mañana usando el efecto túnel, concentrándome en lo importante para poder desechar lo accesorio. Un fracaso. El señor Valle, abogado soltero de mi empresa, me devolvía a las realidades triviales del día a día con cualquier dato absurdo sobre la relación entre Proust y Propercio. Por su parte el señor Gil se dejaba convencer por mí para que en su frase del día le hiciera un barroco homenaje al gran James Joyce; extraña persona el señor Gil, uno de esos seres humanos que demuestra que la grandeza de las personas radica en la capacidad de ser coherente con sus propias contradicciones. Afortunadamente tengo a mi lado a Silvia, mi Molly Bloom laboral, que me vuelve a centrar en lo importante: la vuelta de nuestra jefa después de una prolongada baja por maternidad. Me encanta que después de apenas unos meses trabajando juntos con un par de miradas seamos capaces de formular un montón de ironías.
Al filo del mediodía, el señor Gómez Paz, siempre atento a como salvar las dificultades alimentarias de nuestra cotidianidad, me vuelve a arrastrar a lo accesorio: me informa que la cadena de restaurantes Rodilla, en un azar del destino, nos invita a un dos por uno en sándwiches. Me dirigí hacia allí, junto al señor Gómez, conciente de que, al igual que Leopold Bloom, iba a comer un sándwich de queso azul (no había gorgonzola) gracias a al homenaje, inconsciente, al Ulises de la cadena de comida rápida .
La tarde transcurrió entre la densidad el calor veraniego (a pesar de las amenazas de lluvia) y las ráfagas de aire acondicionado que llegan a mí puesto de trabajo. Con Ismael Kavalier de vacaciones, el café se hizo de rogar y al final ni siquiera me lo bebí. Estuve escuchando los cantos de sirena que me proponía mi colección de Last.fm, y para no verme avocado a estréllame contra las rocas, me até mentalmente a la silla (por lo que mucho trabajo no adelanté) hasta que el señor Vicente (mi particular Stephen Dedalus), vía chat del Gmail, me recordó que teníamos teatro esa noche aunque me dijo que era probable que llegase tarde y que mi entrada la tenía la señorita S… que también iba a asistir. Rebufé pues no me apetecía mucho verla (sigo resentido por haber fallado en mis intentos de aproximación a ella) en todo caso acepté el destino con resignación estoica.
Salí del trabajo pensando que no era todavía el momento de volver a Ítaca, además todavía me quedaban un par de horas para ir al teatro. Decidí, por lo tanto, rendirle otro tributo a Bloom y pasear por las calles de Madrid y perderme en un eterno soliloquio mental sin puntos ni comas. Por alguna razón no pude dejar de pensar en el otro Bloom, en Harold, el crítico, quizá la perspectiva de una representación teatral me hizo recordar la invención de lo humano. Este pensamiento, obviamente, me llevo a otros como la religión, la genialidad, Carpentier y la poesía romántica. Desde luego, a estas alturas el efecto túnel se había ido a tomar viento, y me reprendí por estar pensando solo en inutilidades accesorias.
La diosa Fortuna me vino a salvar una vez más, Dedalus me llamó para decirme que había tenido tiempo de llegar y que fuera a su casa para después ir al teatro. Después de los saludos habituales y la promesa de los miles de proyecto conjuntos que siempre empezamos y nunca terminamos, nos dirigimos al teatro. Nos quedamos en la entrada esperando a S… mientras veíamos caer las primeras gotas de lluvia de la tarde. S… llegó tarde y con uno de sus extraños y habituales amigos. Nos saludamos cortésmente y cumplimos con las fórmulas de rigor: “hace un montón que no te veo”. Me abstuve de cualquier cumplido sobre su persona, algo extraño en mí, pero supongo que no me nació hacerlo y además quería entrar pues me hacía mucha ilusión ver la obra.
La obra en cuestión se llamaba El juego del César, escrita y dirigida por Guillermo Alonso del Real (con ese nombre no te queda más remedio que dedicarte al teatro), y se representaba en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Habíamos asistido porque Felipe, gran amigo y mejor persona, actuaba en la obra y nos había invitado. Me encanta ir al teatro invitado por amigos actores/directores pues voy tan predispuesto a que me guste la representación que al final me lo termino pasando realmente bien. La obra, que ya comentaré en otro post, fue un éxito y finalizada esta llegó el momento más importante del día (al menos para el Bloomsday), fuimos al bar de cabecera, La Petisqueira, a sentirnos mejor de como nos habíamos levantado. Entre cañas y tapas comentamos los pormenores de la obra hasta que el Sr. Vicente, mi alter ego, me arrastró a nuestros temas habituales: gentuza, que fácil es críticar, blackballs, etc.
Al filo de la medianoche, y con unas cañas de más, por fin llegué a Ítaca; solo que allí no me esperaba ninguna Penélope ni ninguna Molly, aunque no lo lamenté, cualquiera de las dos se divorció de mi hace algunos años, por lo tanto esta crónica la debo terminar yo, y la terminó pensando que James Joyce era un genio y si escribir este sencillo post, que es la cróncia de mi día, me ha costado dios y ayuda (y es una auténtica trivialidad), imaginaros lo que debe ser escribir la crónica de un día en 1.000 páginas y que al final te salga una obra maestra.
Vaya hombre; es que no puede uno tener una debilidad?!… pues que sepais, que en estos oscuros tiempos que corren, y cuando el Mal acecha, hay que combatirlo con la música A.O.R. De hecho, ahora mismo estoy escuchando a Foreigner, y he venido del trabajo con Asia y Yes en el iPod.
Totalmente de acuerdo con Usted en el reporte del concierto; me encantó y tal, pero yo también les vi muy “de relax”. Porque el público ibérico es muy agradecido, pero si les pilla en Inglaterra, les tiran una botella de dos litros de Coca-Cola llena de meados; que allí están más avanzados.
Vayan preparándose para el Tito Fogerty, a ver si va a dejar a Social D por los suelos; sería gravísimo!!!
Magistral homenaje a un genio en una parla barroca de la que demando en parte autoría y paternidad.
Su vida, querido señor Gozzer, a fuer de cotidiana es interesante…
Sr. Clay, honrado de ser su Dedalus particular. Lograr ser divertido con una crónica es síntoma de talento pero por favor, no intente lo de las 1000 páginas. Joyce nunca lo haría.
VAYA….VAYA…… LA INSPIRACION VIENE EN CAJITAS DE SORPRESA… PERO TALENTO ES TALENTO…..INTERESANTE
Pues al final resultó ser bastante coincidente con el itinerario de Bloom, ¿no?… ¿esperaste también al paso del tranvía?
Muchas gracias por tu colaboración y a ver si volvemos a coincidir por ahí.